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Leopoldo García Ortega. Primeros trabajos. Llegada a Asturias. 1931-32-33.Autobiografía.

He conocido cientos de libertarios que han dejado una gran impronta en mi manera de ser, la lealtad, la solidaridad, la entereza y un constante afán por aprender. Éstas han sido las principales características del movimiento libertario en España, y sobre todo una fe ciega en una nueva sociedad que creían posible de conseguir a través de una revolución, del alzamiento armado de las clases trabajadoras contra las clases que les oprimían.

Grupo Recuperación Memoria Libertaria Valladolid
Martes 10 de febrero de 2009


CINTA 2

A los Almacenes La Esmeralda llegó la Inspección de Trabajo, y por ser menor de 14 años me impidió continuar trabajando; es decir, que solamente cobré la mensualidad del mes completo que había pasado allí trabajando, y me sustituyó mi hermano que, al tener 14 años, quedó allí trabajando hasta que estalló la guerra y fue detenido y fusilado por las fuerzas rebeldes, los llamados por mí “militarotes” de este país.

De los Almacenes La Esmeralda tengo que decir que era un establecimiento comercial que tendría una treintena de empleados, y éramos cuatro niños para hacer los recados. Del personal dependiente de comercio de aquella época tengo bastante mala impresión. Era gente que no se portaba bien con los chavales que teníamos la necesidad de trabajar. Había uno, el señor Paco, un dependiente ya mayor, un poco borrachín, pero que era muy bueno y muy humano con nosotros.

El trabajo principalmente consistía en tirar de un carro que tenía dos ruedas, que era como los que llevan los animales de carga pero más pequeño. Este carro se llenaba de paquetería y había que llevarlo a la estación o a los coches de línea, a los autobuses que iban a los pueblos, porque eran paquetes que se facturaban a los comerciantes de los pueblos de la provincia de Valladolid y provincias inmediatas. Las 40 pesetas se ganaban y se sudaban muy bien.

Los propietarios eran una familia de hacendados de Valladolid. El patrón se llamaba Pedro García, estaba viudo y tenía dos hijas y un hijo que se llamaba Pedrito, pero ya eran mayores. La hija se casó con un médico que se llamaba don Eduardo, que era el mejor de todo aquel personal. El viejo, don Pedro, era inaguantable; era un hombre que se agachaba a recoger los alfileres que veía en el suelo, y eso que aquel almacén, ya en aquella época, era una inversión de varios millones de pesetas. Era uno de los mejores almacenes de Valladolid, que siempre ha tenido mucha influencia en las provincias limítrofes como Burgos, Palencia, Soria, Segovia, Salamanca, Zamora… es decir, que Valladolid tenía un área comercial bastante grande, y debido a eso, había buenos almacenes de todo tipo de artículos en Valladolid.

Me quedé sin trabajo, pero pronto encontré otro en la misma calle, en un comercio que se llamaba La Casa de las Medias. La dueña se llamaba doña Domitila, y el dueño, don Pablo, Pablo del Castillo. Era un matrimonio muy mal avenido, y la que llevaba los pantalones era doña Domitila. Tenían siete hijos; el mayor, llamado Andrés, ya era inspector del Cuerpo Superior de Policía en Zaragoza cuando yo empecé a trabajar. Era una familia muy católica, muy de derechas y muy monárquica, tremendamente reaccionaria, aunque tengo que decir que conmigo se portaron estupendamente, y aunque también me pagaban 40 pesetas, yo lo pasaba bien, porque no tenía que sufrir, ya que, al ser un comercio pequeño, no tenía carro y yo no tenía que acarrear paquetes. Mi función, más que nada, era mitad ir a los recados a las tiendas de comestibles a por el pimentón, el vino o el aceite, y llevar a las señoras de Valladolid las compras que efectuaban en el comercio, y que eran uno o varios pares de medias. Esta casa estaba especializada en medias, y de ahí su nombre, y las señoras y señoritas de la buena sociedad de Valladolid se compraban las medias allí, y por llevar un sobre con un par de medias, a lo mejor te daban un real o dos, y eso era un capitalito.

Lo pasé bien y me querían todos, desde la mayor de las hijas, que se llamaba Luisa, hasta el menor de los niños, a quien llevaba y traía al colegio, pero repito, era una gente muy de derechas y yo tenía que mantener en secreto que no era de derechas, que no era monárquico y que no era reaccionario. Pero al final todo se descubrió, y aunque no pasó nada, me fui a trabajar a otro comercio que estaba en la calle Duque de la Victoria, llamado Almacenes Calvo, y que era el mejor almacén de calzado que había en Valladolid. Las ventas al por menor eran mínimas, pero al por mayor eran fabulosas. Allí entré ganando 40 pesetas al mes. Continuó mi relación con la Casa de las Medias, con doña Domitila y don Pablo, que era el único que era de izquierdas. Era socialista, pero no podía ni toser en casa; le criticaba su mujer e incluso sus hijos, porque para ellos era como un enemigo de la patria. Después yo he ido comprendiendo esto.

En los Almacenes Calvo había muchos dependientes, como en La Esmeralda; en la Casa de las Medias eran doña Domitila y alguno de sus hijos que la ayudaban.

No era gente agradable y no se distinguían por el buen trato con los chavales que trabajábamos allí; alguno había bueno, pero en general te consideraban más servidor de ellos que de la casa donde trabajabas. Había que ir a por el vino, los bocadillos, pero no como van hoy los rapaces, bueno, que hoy han dejado de ir, pero entonces era como una imposición, una obligación sagrada de los recaderos de los comercios. Y además ése era un buen enchufe, porque era un buen enchufe en aquella época no tener los 14 cumplidos y ganar 40 pesetas al mes, como era mi caso.

Allí la inspección no me localizó, porque esa gente tenía bastante influencia y parece ser que orillaba a aquellas inspecciones. Pero por las noches, desde las siete y media, nada más salir del trabajo, me había buscado otro enchufe, es decir, que ya desde niño tuve pluriempleo, y me coloqué en “Pastillas y Bombones”, un bombonero que estaba en el famoso Teatro Cine Zorrilla de Valladolid. Mi misión consistía en llevar una bandeja con bolsas de caramelos y cajas de bombones. Primero estuve en el paraíso o gallinero vendiendo paquetes de caramelos a 10 céntimos, y por cada sesión de lunes a viernes sacaba 70 u 80 céntimos de comisión, y los sábados y domingos llegaba a sacar 2 pesetas.

En el Cine Zorrilla ascendí también, como es natural, pues en todos los sitios se asciende, ya que la vida está así, jerarquizada; y del paraíso o gallinero pasé al patio de butacas, a las plateas y los palcos. Allí la clientela era muy distinta. En aquella época había una diferencia enorme entre la gente que iba a butacas y la que iba al gallinero. Las clases trabajadores difícilmente iban a butacas, ocupadas por los comerciantes, los industriales, los funcionarios, los que vivían bien.

También fue una experiencia positiva para mi formación aquello de estar pluriempleado en el Teatro Cine Zorrilla, porque en otra ocasión, de recién casado, cuando la economía era muy dura, también me tocó trabajar en dos sitios para salir adelante; después, no; desde el año 1955 hasta mi jubilación he tenido la gran suerte de no tener necesidad de pluriempleo, aunque a lo mejor ha sido porque tampoco me he buscado necesidades.

Lo cierto es que las experiencias del cine venían de ver todos los días una buena película, una buena película para mí, porque en aquella época todas eran buenas películas y, sobre todo, cuando venían compañías de teatro, porque Valladolid siempre se ha caracterizado por tener una enorme e inteligente afición teatral, y las compañías de teatro iban en Ferias, en Pascua, primavera, etc… y esta experiencia me sirvió de mucho porque los “Pastillas y Bombones” teníamos acceso a los camerinos de los actores y actrices, y básicamente convivíamos sobre todo con las actrices y actores de segunda, tercera y cuarta fila, con la estrella y el “estrello”; el actor principal, no: siempre ha habido categorías.

Entonces conocí por primera vez a un tipo de una platea de un palco del patio de butacas. Primero me compró una caja de bombones estupenda, que podría valer 8 ó 10 pesetas y además me daba una peseta o dos de aquéllas de plata para que se las llevara a una corista o a una de la compañía o a una actriz de segunda o tercera fila. Era el tráfico de ligue amoroso que existía en aquella época. Pero cuando había sesiones de cine comíamos juntos los acomodadores, los “pastillos” y los porteros, al lado de las calderas de calefacción, en el sótano, debajo del escenario.

También era instructivo oír las conversaciones de los adultos, las acomodadoras y acomodadores, los porteros, los de la máquina de proyección, el ayudante, y había siempre el continuo debate que siempre existe en todos los colectivos, había ya debate político, estaban bastante claras las posiciones de cada cual pero, en este sector, contrariamente al del comercio, la gente era más izquierdista, más progresista y tratan mejor a los niños que en el comercio.

Por referencias que tenía de otros compañeros y amigos de mi edad, de mi calle, que habían sido condiscípulos míos en la escuela, unos trabajaban en el ramo de la construcción, otros en industrias, y también se quejaban de que el comportamiento de los mayores con los niños en los trabajos no era todo lo bueno que debía ser, aunque había excelentes y grandes excepciones. Pero, a medida que iba avanzando el tiempo, que la gente iba politizándose, el comportamiento iba siendo mejor en todos los sectores, y los niños empezamos a ser mejor tratados y más considerados.

Con las compañías de teatro la cosa era muy agradable porque, aparte de cenar todos juntos, hay que tener en cuenta que yo iba al cine a las 7.30 de la tarde y salía a la una, entonces en casa me habían hecho un bocadillo o llevaba una tarterita con la cena, y cuando había compañías de teatro cenábamos con las coristas y la gente de menor categoría de las compañías de teatro o de revista y también era aleccionador oír las conversaciones, discusiones. Este sector era de carácter bohemio, muy libertario, en el buen sentido de la palabra, y muy buena gente. Los actores y actrices principales, los divos y divas, sí sabían guardar distancias. Hoy tengo que reconocer que el progresismo ahí no era muy evidente; sin embargo, en los demás, sí.

De mis trabajos de niño, hasta que luego llegue a comentar mi condición de panadero, está ya todo explicado. A pesar de todo, yo seguía visitando a doña Domitila y don Pablo, a pesar de que ya estaba claro cuál era mi posición, pero ellos lo comprendían. Sabían cómo era mi padre, sabían cómo era nuestra relación y yo iba allí y encontraba otro hogar para mí, sobre todo Luisito, el hijo pequeño, al que yo había llevado y traído al colegio, que me quería con locura, porque yo siempre me porté como con otro niño. También me estimaba el segundo de los hijos, no el poli, al poli lo traté poco, aunque también me trató bien, y luego, en la guerra, estoy seguro de que, si hubiera podido hacer algo por mí, lo hubiera hecho. Estaba Pablito, que era el más politizado de todos, porque en aquella época fue cuando se produjo la disolución de la Compañía de Jesús y entonces aquello en Valladolid fue como si hubiera caído una bomba atómica para la gente clerical. El contrapunto de esto fue la inmensa y buena labor de los distintos Ayuntamientos socialistas, los dos Ayuntamientos socialistas que tuvo la República en Valladolid, que hicieron una labor enormemente hermosa en la creación de nuevos Grupos Escolares, nuevas Graduadas, además con unos edificios muy buenos, con comodidad. También se notó mucho la actuación de los grupos socialistas en el Municipio: la limpieza, el riego, el cuidado de los jardines, la plantación de arboleda… en fin, la labor, tanto de FEDERICO LANDROVE MOHINO como de ANTONIO GARCÍA QUINTANA, que fueron los dos alcaldes de Valladolid en la República, fue estupenda, y yo creo que todos los vallisoletanos lo dicen y lo recuerdan de la misma manera que yo.

Después surgieron de inmediato las JONS, las Juntas Ofensivas Nacionalsindicalistas, que las creó Onésimo Redondo Ortega, un abogado que era el asesor jurídico del Sindicato Remolachero de Castilla la Vieja. El cultivo de la remolacha en la provincia de Valladolid tuvo y tiene una gran importancia, una gran dimensión económica y Onésimo Redondo, que era natural de un pueblito al lado de Valladolid, que hoy se llama Quintanilla de Onésimo y entonces era Quintanilla de Abajo, aprovechó el descontento que se estaba creando en las clases medias de los labriegos castellanos, clases medias que estaban aplastadas por los poderosos, por un lado, por el abandono de una política eficiente, porque en aquella época el problema en Andalucía era el de la reforma agraria, y el problema en Castilla no podía ser el de la reforma agraria a la manera de Andalucía, porque había una enorme cantidad de pequeños propietarios que malvivía y que estaba casi en poder de los usureros y, cuando había una mala cosecha, media provincia quedaba fastidiada en lo que se refiere a la agricultura.

Onésimo Redondo encontró un clima de cultivo estupendo porque en aquella época bajó el precio oficial del trigo por las importaciones masivas de trigo argentino que efectuó Marcelino Domingo, que era Ministro de Agricultura en la República, importaciones que hizo porque los grandes terratenientes le engañaron miserablemente, dándole unos datos de recogida de cosechas muy inferiores a lo real. Y no estoy defendiendo a Marcelino Domingo, porque políticamente estoy a cientos de miles de kilómetros de él, pero él, ante los datos que le dieron, vio que la recolección de cereales panificables no alcanzaba para el abastecimiento de pan a la población; entonces el pan era un alimento como las patatas y el bacalao, los tres artículos de mayor consumo en España. Entonces hizo esas importaciones con la sana intención de que no faltara el pan en España. Pero, ¿qué sucedió? Que además se produjo una de las mejores cosechas que hubo, y, unido a la importación, el trigo bajó de una manera escandalosa, y a pesar de que el Gobierno puso unos precios oficiales, los pequeños campesinos se veían obligados a firmar que vendían el trigo a un precio cuando recibían una cantidad inferior a lo que firmaban. Entonces el descontento se generalizó de una manera tremenda.

Como también el Gobierno de la República, siendo Ministro de Justicia don Álvaro de Albornoz, bajó los alquileres de las casas, los pequeños caseros se sintieron heridos de muerte, sus ingresos se vieron reducidos a menos de la mitad. Este caso lo conozco yo porque mi padre era propietario de una casa que tenía seis viviendas, en una vivíamos nosotros, pero las cinco estaban alquiladas y, por ejemplo, la señora Cándida, que antes de la República pagaba 25 pesetas al mes, con la Ley de Alquileres pasó a pagar 12 pesetas, y así los otros cuatro inquilinos en la misma proporción. Mi padre se vio agredido por la República en dos sentidos: el poco trigo que ya cosechaba, o lo que cosechaban sus familiares, se vendía muy mal, y además a unos precios regalados, y los alquileres habían bajado. La cosa económica en casa fue a peor; esto, unido a su carácter, su apatía, a que ya no quería luchar, y todo contribuía a hacer más amarga la relación y la situación entre nosotros.

Las JONS enseguida encontraron proselitismo y crearon un semanario que se llamaba “Libertad”. A pesar de que Valladolid ha sido una ciudad netamente izquierdista, contra lo que cree la gente siempre en la ciudad, en la capital, siempre ha ganado la izquierda en todas las elecciones, y fue una de las primeras ciudades de España que tuvo concejales socialistas, pero el poder reaccionario del funcionariado, que había mucho en Valladolid, y de los agricultores grandes, medianos y pequeños vencía los efectos del izquierdismo de la ciudad y entonces hizo posible que el primer semanario fascista que se creó en España tuviera eco y difusión.

No hay que olvidar que el cambio que se operó en la Universidad fue tremendo. De aquellos muchachos que luchaban contra la Dictadura y a favor de la República, en la siguiente promoción, como por un milagro, pasaron, de ser de la FUE, Federación Universitaria de Estudiantes, que era de matiz izquierdista, pasaron a enrolarse en las JONS y, posteriormente, en la Falange. Yo no sé si se verían en algún sentido coaccionados o asustados por el panorama, que podían temer que después de terminar las carreras no encontrarían trabajo, no lo sé, habría que hacer un estudio profundo para saber por qué el estudiante de Valladolid, que, dicho sea de paso, era minoritario con respecto a otros que acudían de otras provincias. Sospecho que más que nada sería porque estos estudiantes eran hijos de la burguesía, porque entonces los hijos de obreros y empleados que iban a la Universidad eran muy pocos, algunos de Valladolid ciudad, porque no tenían que pagar pensión o porque eran hijos de funcionarios del Ministerio de Instrucción Pública.

Pero lo cierto es que la Universidad de Valladolid se politizó en sentido fascista de una manera rápida y, repito, y que nadie crea que yo estoy haciendo patriotismo de aldea, pero el 90% de los estudiantes que estudiaban en la Universidad de Valladolid no eran vallisoletanos, ni de la ciudad ni de la provincia. Podría citar que en Valladolid en aquella época estudiaba José Solís, Luis Moure Mariño, de Monforte, el conde de Motrico, los hermanos Calero… y no recuerdo más, pero puedo asegurar que los estudiantes de la Universidad de Valladolid, en un 90% no pertenecían ni a Valladolid ni a la provincia.

Tengo que rehabilitar el buen nombre de la ciudad de Valladolid porque demostró en muchas épocas y, sobre todo, en la época de la iniciación de la sublevación de los militarotes, una cosa muy distinta a lo que el resto de España ha creído, alimentado y difundido, no sé con qué interés, pero Valladolid ha tenido el “sambenito” de ser la ciudad del Alzamiento, sin merecérselo, aunque también reconozco que fue la primera ciudad que se sublevó, pero no tenía culpa de que allí hubiese siete regimientos, incluida una guarnición de guardias de asalto, que los mejores de estos guardias de asalto salían al mando del famoso capitán Piñeiro rumbo a Madrid, para defender a Madrid, y Valladolid, de izquierdas, quedó totalmente indefensa por inoperancia del tonto del Gobernador Civil del Frente Popular y de la ingenuidad del Capitán General, el famoso Nicolás Molero Lobo.

Yo frecuentaba la Casa del Pueblo de UGT-Partido Socialista, era asiduo al sindicato de la CNT y, ya más esporádicamente, visitaba el local del Partido Comunista. Mi lectura en aquella época eran los periódicos “Solidaridad” y el “CNT”, también leí “El Socialista” y el “Claridad” cuando salió, y “El Mundo Obrero”, pero sobre todo leía todos los días “El Heraldo” y “El Liberal” de Madrid. Los leía porque en la CNT se compraban varios periódicos y en la Casa del Pueblo los había de casi todas las provincias. Yo iba y leía, aunque fueran los titulares, y, si me sobraba una perra gorda, que era lo que valían los periódicos, lo compraba.

Mi relación con gente socialista, comunista y anarcosindicalista, incluso republicanos, a pesar de que yo era un crío de 12, 13 años, yo charlaba y comentaba con ellos y caía bien, porque a mi manera yo sabía expresarme y defender mis puntos de vista, y sobre todo prestaba mucha atención a lo que decían los demás, con ánimo de aprender. La relación en casa era bastante mala y cada vez peor porque yo, en vez de ceder, me sentía cada vez más atraído y mi padre entendía que aquello había que pararlo como fuera.

No quiero dejar de hablar de mi querida escuela, la Séptima Graduada. Para mí fue una tremenda pena dejar de asistir a clase para seguir trabajando, porque ya no me limitaba a trabajar los veranos, sino que en el año 33 ya dejé de ir a la escuela para trabajar porque aquellas 40 pesetas que ganaba en Almacenes Calvo, y lo que ganaba en el cine, era un complemento estupendo con los 25 duros que ganaba mi hermano al final, porque al principio le daban 30 pesetas, después, 50, pero cuando ganaba 25 ó 30 duros ya fue cuando estalló la guerra, pero antes los sueldos eran irrisorios con excepción de los ferroviarios, que en Valladolid vivían como potentados, porque a la gente de ahora hay que decirle que en aquella época los ferroviarios, la inmensa mayoría, los de los talleres de la Compañía de Ferrocarriles del Norte en Valladolid, que eran más de 3.000, los salarios menores no bajaban de 10 pesetas al día, y había una enorme proporción de gente que ganaba 14, 15, 16 y hasta 20 pesetas diarias, aunque esto parezca hoy increíble.

También los panaderos ganaban 14,65 pesetas diarias y un kilo de pan; los obreros de la construcción y los metalúrgicos también ganaban esa cantidad, con la ventaja de que estos últimos solo trabajaban 44 horas a la semana, mientras que los otros gremios trabajaban 48.

Quiero dedicar una parte de mi afecto hacia los ideales libertarios del anarcosindicalismo ibérico porque, haciendo honor a mi verdad, y con esto no quiero decir que sea la verdad de todos, yo tengo que decir que los anarcosindicalistas es la gente más solidaria, más abierta que yo he conocido. El concepto de la solidaridad era una virtud entrañable en la mayor parte de los sindicalistas, no solo era una cualidad del Trapito o del Bacalao. He conocido cientos de libertarios que han dejado una gran impronta en mi manera de ser, la lealtad, la solidaridad, la entereza y un constante afán por aprender. Éstas han sido las principales características del movimiento libertario en España, y sobre todo una fe ciega en una nueva sociedad que creían posible de conseguir a través de una revolución, del alzamiento armado de las clases trabajadoras contra las clases que les oprimían.

No quiero decir con esto que en el campo del socialismo, del comunismo, no haya habido virtudes pero, por lo que yo conozco, por lo que yo he vivido y me ha enseñado mi propia vida, tengo que decir esto. Es fácil que alguien me pueda rebatir porque mis contactos con los anarcosindicalistas han sido mayores que con otros, pero no, porque en mis años de cárcel, y la cárcel es el verdadero crisol por donde se pueden medir y pesar las valías y las conciencias humanas, y allí había muchos socialistas, bastantes sindicalistas y pocos comunistas, y se podían ver las diferencias entre unos y otros. Otro de los colectivos que me ha enseñado ha sido el Ejército, donde también conocí a comunistas, anarcosindicalistas y socialistas, y en la última fase de mi vida he tenido mucho contacto con el mundo socialista y tengo mi experiencia y mis opiniones.

Debido a la lucha, a la presión y al batallar incesante de la CNT, los trabajadores de España deben mucho al movimiento libertario. La CNT ha cometido errores, y ¿quién no los ha cometido? Ha cometido muchos errores y algunos muy graves. Posiblemente el más grave de todos ellos fuera renunciar a la concepción revolucionaria para hacer una nueva sociedad y creer que defendiendo solo la República como, equivocadamente a mi juicio, creen los comunistas, se resolvían los problemas.

Estamos en los años 32-33 en Valladolid donde, he dicho, los ayuntamientos socialistas están realizando una gran labor con la enseñanza pública, los parques y jardines, la repoblación forestal, el mantenimiento de la fiesta del Día del Árbol, y muchas cosas que no tengo que regatear a lo que hicieron los ayuntamientos socialistas presididos, uno por don FEDERICO LANDROVE MOHINO y el otro por don ANTONIO GARCÍA QUINTANA. El primero murió en el penal de Pamplona o en la cárcel de Segovia, y el otro fue fusilado en Valladolid.

Esto es, a grandes rasgos, lo que quedaba de decir de aquella época pero he de ser sincero, sobre todo conmigo mismo, y tengo que decir que un día sucedió un cataclismo porque fui despedido de mi empleo de pastillas y bombones del Teatro Cine Zorrilla porque, en compañía de otro compañero, veníamos despegando las cajas de los bombones con mucho cuidado y sacábamos primero uno, luego dos… Y llegó un día en que el dueño del cafetín, que era el patrono nuestro, al coger la cesta donde llevábamos los artículos para vender, observó que aquello pesaba muy poco, hizo una investigación y vio que las cajas de bombones estaban medio vacías, y se produjo mi expulsión, mi despido. No fui a reclamar, claro, no tenía nada que reclamar, yo no negaba mi delito, delito por mi amor a los bombones. No es una cosa de la que tenga que estar orgulloso, pero tampoco me produce ningún trauma decirlo, era un niño, tenía 13 años. Pero lo grave era ir a casa con semejante embajada, y no me atreví. Con 60 céntimos en el bolsillo me fui a la estación de Valladolid y en el primer tren que salía de madrugada, porque hasta las 12,30 estaba justificado que no llegara a casa, porque era cuando normalmente llegaba del cine. Me fui a ver una sesión de cine al aire libre. En Valladolid, durante la República, había proyecciones en el paseo central del Campo Grande, la silla valía 10 céntimos, pero éramos cientos los que nos sentábamos en el suelo delante de las sillas para ver la pantalla. Después de la sesión de cine me fui a la estación y en el primer tren que salió de Valladolid, lo mismo me daba que saliera para el Norte que para Madrid, el primero que cogí fue uno que procedía de Gijón con dirección a Madrid. Me monté en un asiento y hasta llegar a Ávila no hubo ninguna novedad porque no pasó el interventor ni nadie me dijo nada. Pero en Ávila llegó el interventor, me preguntó por el billete y le dije que no tenía. Se armó la marimorena. Yo, con esa pillería y habilidad que tienen los niños, dije que me había escapado de casa porque mi padre se había casado de segundas y la madrastra me pegaba. Esto era una burda mentira que me inventé allí, que si se hubiera enterado mi padre me hubiera colgado allí, sin esperar a que me colgaran por anarcosindicalista. Esto movió a una viva discusión dentro del departamento. Un matrimonio que había subido en la estación de Ávila, poco antes de que el interventor llegara, decía que yo era un golfo, que así iba el país, en fin, esas cosas que dice la gente de orden, porque yo me creo que aquel matrimonio era de orden, pero en esto, una mujer asturiana empezó a defenderme con que yo era un niño huérfano y se armó la de san quintín. Finalmente se llegó a una solución muy hermosa que posiblemente hoy no se llegaría. Aquella mujer recabó del resto de los viajeros que la ayudaran y pagó mi billete hasta Madrid; además me dieron de comer, porque yo no había cenado, y de las meriendas que habían llevado me dieron para comer. No sé qué pasó pero desde entonces yo le tengo mucho cariño a Asturias, a la que muy pronto iba a conocer y de la que iba a quedar enamorado. El viaje, ni decir tiene, que transcurrió con toda felicidad hasta Madrid y al llegar por la mañana, aquella asturiana me dio un montón de besos y un duro, que en aquellos tiempos era una cantidad bastante fabulosa para un niño de 13 años. Lo primero que hice fue subir el Paseo de San Vicente hasta la Puerta del Sol, porque tenía una obsesión por ver la Puerta del Sol porque creo que casi todo niño provinciano, bueno, niño y adulto, sobre todo en aquella época, yo me creía que en la Puerta del Sol habría un sol grande o algo que era excepcional. Cuando llegué lo encontré feo, una plaza fea, y yo pensé que era mucho más bonita la Plaza Mayor de Valladolid que la Puerta del Sol de Madrid, se produjo una tremenda decepción, creía que iba a encontrar otra cosa, no sabía qué, pero otra cosa.

El día que llegué a Madrid no sé qué día es, pero hay dos hechos que recuerdo. Primero, que era el día del Sagrado Corazón de Jesús y que habían puesto colgaduras en muchas casas del centro, y que había manifestaciones, unas a favor de la festividad del día y otras para arrancar las colgaduras y banderas que habían puesto. Además, aquel día por la noche dormí en una zanja de la calle del Príncipe, que estaba por encima de la estación de Príncipe Pío, sobre un “Heraldo” de Madrid que compré, y es cuando me enteré que se habían extraviado Barberán y Collar, aquellos dos aviadores que habían volado de España a Méjico. Estos son los datos que recuerdo de ese día.

Al día siguiente, entre la comida de aquel día, la cena y la compra del periódico, aunque solo valía 10 céntimos, algún helado que debí comprar, porque nadie debe olvidar que yo era un crío, al día siguiente yo ya no tenía dinero y la cosa se ponía muy fea.

En Madrid, aunque alguien no se lo crea, en aquella época había bastantes niños y niñas que se llamaban golfillos, que pertenecían a las clases marginadas de la sociedad de entonces, o algunos como yo, que se habían escapado de sus domicilios, porque parece ser que el chaval que no se escapaba de casa no recibía el espaldarazo debido, pero yo no lo hice por eso, sino por el miedo que tenía a que mi padre me diera una soberana paliza al enterarse de que me habían echado del trabajo del cine por haber hecho lo que no tenía que hacer.

Cuando se me acabó el dinero, empezó el hambre y el frío, porque, a pesar de que era verano, dormía a la intemperie, sobre un periódico. El tercer día, los otros golfillos y golfillas, desgraciadamente para ellos vestidos peor que yo, porque yo acababa de iniciar mi vida bohemia y ellos ya llevarían bastante tiempo, me decían que fuésemos a un cuartel que había allí y los soldados nos daban las sobras del desayuno. Yo fui, pero a mi no me entraba, tenía un estómago delicado, era un poco escrupuloso, siempre he sido un poco especial, envidio a los que comían aunque fuera piedras. Cuando se repitió el proceso del hambre, que era a la hora de la comida, las sobras del rancho a mí me parecían mucho más asquerosas que las del desayuno de los soldados. Ya por la tarde, creo que tenía incluso fiebre, seguían las manifestaciones y yo me incorporé a una y allí me encontré con un chaval que no nos habíamos visto nunca en la vida y le dije cuál era mi situación, y él estaba como yo, también por libre y escapado de su casa. Era extremeño.

Estuvimos dando vueltas por Madrid, volvimos a la estación y cogimos un tren porque él me decía que había que ir a Santander, que en el verano iba mucha gente, y que se pasaba bien, que encontraríamos trabajo. A mí me pareció una solución buena y nos subimos al tren.

Aunque íbamos escondido bajo el asiento nos cogió el interventor y nos dejó en la estación de Medina del Campo en manos de la policía. Entonces fue cuando me enteré que yo estaba reclamado por un diputado a Cortes que se llamaba don Pedro Martín Sanz, que era diputado del Partido Agrario por la provincia de Valladolid, que era un familiar lejano de mi padre, que había acudido a él para decirle que había escapado. Al otro chaval le dieron una buena manta de bofetadas, a mí no me tocaron porque estaba reclamado por un diputado a Cortes, incluso me dieron de cenar. Aquello me indignó, me supo muy mal. Me cogió un policía y me subió en un tren que pasó un par de horas después de llegar, el otro quedó en el calabozo, yo no le volví a ver. El policía me dijo que me llevaba a Valladolid para llevarme a la comisaría y entregarme a mis padres, él no sabía que yo no tenía madre, ni yo tenía por qué decírselo. En el trayecto de Medina del Campo a Valladolid hay tres cuartos de hora de tren más o menos, y yo pensé lo que se avecinaba, los palos que iba a recibir iba a ser imposible poderlos contar. Cuando llegué a El Pinar, Viana, esa zona, le dije que quería ir a orinar, me dejó ir, y hasta hoy, no nos volvimos a ver, y yo en otro tren regresé a Madrid.

Una vez allí, esta vez ya fui directamente a un domicilio que sabía de un anarcosindicalista de Valladolid que vivía allí y que me había dado su dirección Vicente el Trapito. Tengo que decir que los anarcosindicalistas de Valladolid, a pesar de saber la tensa relación de mi padre conmigo, no aceptaban que yo me escapara de casa. Porque la moral de los anarcosindicalistas es una moral muy especial, ante todo yo tenía que obedecer a mi padre pero, no obstante, viendo que yo estaba decidido a emprender la marcha, y como luego se produjo un acontecimiento, el despido, que ellos no sabían, yo, aprovechando que el Trapito días antes me había dado la dirección, ya fui directamente a aquella casa, que no quiero decir el nombre del propietario porque no quiero presumir de nada, porque luego fue un personaje en nuestra guerra civil.

Allí me recibieron con los brazos abiertos, me pegaron una ducha, me bañó aquella pobre mujer, me dio un tazón de leche caliente con miel, me acosté en una cama y allí dormí como pocas veces en mi vida. Esto era por la mañana. Por la tarde ya había despertado y apareció allí el esposo de esta señora. Ella le explicó que había llegado un niño que venía de Valladolid, que la dirección se la había dado Vicente el Trapito.

Aquel hombre me hizo un hábil interrogatorio, con mucho afecto y sin nada negativo. Yo le dije estrictamente la verdad, lo que me pasaba y él me dijo que la situación en Madrid era muy mala y ahí fue cuando me enteré, y de ahí viene que hubiera tantas manifestaciones. Estaba en huelga el ramo de la construcción, las obras de enlaces ferroviarios que hacía una empresa, quién me iba a decir a mí que 50 ó 40 años después iba yo a tener relación con aquella empresa, que se llamaba Agromán.

No obstante me llevó al sindicato de Madrid, al local de la Federación de Sindicatos de la CNT en Madrid. Aquello a mí me emocionó, la diferencia que había, la cantidad de gente que allí se veía y máxime con la huelga en el ramo de la construcción había mucho huelguista, la cantidad de secretarias, en fin, aquello me emocionó.

Me dijeron que lo mejor era escribir a mi padre, volver a Valladolid y pedirle perdón. Yo dije que no, que no me perdonaría, que mi padre era muy duro, y argumenté lo que creí más conveniente porque tenía mucho miedo de regresar a mi casa, porque sabía que nada más llegar se iba a celebrar un consejo de guerra que iba a presidir mi padre, mis tías y tíos. He sabido que esto se hubiera realizado porque enseguida se corrió por Traspinedo la voz de que yo me había escapado con los comunistas, que es como si le hubieran dicho que me había ido al maquis o algo así.

Entonces les conté lo que había pasado con el niño extremeño que se había quedado en Medina del Campo, y lo que éste me había dicho de Santander y las posibilidades de encontrar allí trabajo en algún hotel o restaurante. Me dijeron que mejor ir a Asturias, y me dieron la dirección de un compañero, también llamado Vicente, un cenetista de Valladolid, y me sacaron el billete de ferrocarril.

Cuando llegué a Oviedo, en la estación pregunté por la calle, que era en la Fuente de la Plata, había que cruzar el barrio de la Argañosa, localicé la casa y fui recibido con toda cordialidad y afecto. Era un oficial de la construcción que tenía bastante relación por congresos con la Federación de la Construcción, donde yo había estado en Madrid.

En Oviedo me llevó al sindicato. Allí el movimiento libertario era muy pobre, con menos afiliación que en Valladolid, pero el asturiano, como ya me había demostrado aquella asturiana en la estación de Ávila, tenía el corazón generoso, grande y abierto. El asturiano tiene estas cualidades, como también tiene el defecto de ser fanfarrón, gustarle el vino, pero, en términos generales, es espléndido, generoso y muy buena persona.

Me nombraron paquetero, no sabía muy bien cuál iba a ser mi cometido aunque sí conocía algo por Valladolid, que el paquetero era el que recibía la prensa, pero yo tenía que vender la prensa anarcosindicalista en Oviedo. Allí me quedé, en la ciudad de Oviedo, muy precariamente porque, como he dicho, la afiliación era bajísima, y yo andaba por la mañana vendiendo la “Soli” y el “CNT”; vendía muy poca pero algún dinero sacaba, que se lo daba a Vicente. Y por la tarde iba a los cafés de Las Escandaleras, la calle Uría, a vender libros y publicaciones de las editoriales del movimiento anarcosindicalista. Y en el famoso Café del Pasaje fue donde conocí y donde hice amistad con un periodista famoso, Javier Bueno, que todos los días me pagaba un helado en el Café del Pasaje, que me tomaba como un señor.

En Oviedo lo pasé bien, creo que el primer día de fiesta que pasé en Oviedo, al decir que no conocía el mar, me llevaron a Gijón. Cuando vi el mar, sin ninguna exageración puedo decir que fue la impresión más grande que yo he recibido en mi vida. No sé explicar lo que me pareció, una cosa tan grandiosa, tan enorme, todavía hoy no lo comprendo. Fuimos a la playa, comí marisco por primera vez en mi vida y me llevaron al sindicato de Gijón, donde la militancia era muy alta. Gijón ha sido uno de los baluartes del movimiento libertario en España hasta la guerra civil. Allí conocí a José María Martínez, dirigente cenetista, y conocí de una manera casual en mi segunda visita a don Melquíades Álvarez, al cual los anarquistas asturianos admiraban porque les había defendido muchas veces en los procesos que habían tenido por sus actuaciones en las huelgas o en los movimientos revolucionarios que se habían producido en Gijón.

Don Melquíades me regaló 20 duros, 100 pesetas, un billete que era todo un capital, yo se lo entregué después a Vicente y seguí una temporada, creo que estuve cuatro meses en Oviedo, pero la venta de la prensa era muy baja y Vicente, mi anfitrión, por sus ideas quedó despedido, en paro, y no hubo nadie que me recogiera, y acordaron entonces llevarme a Sama de Langreo. Primero hicieron la intentona de llevarme a La Felguera, pero fue absurdo porque estaban en el quinto mes de su famosa huelga de los nueve meses en el año 33. Entonces me llevaron a Sama de Langreo, donde el Sindicato Minero de la CNT tenía muchísima menos afiliación que el Sindicato Minero de la UGT, había una despreocupación enorme. A pesar de todo tenía fuerza, y fui medio prohijado por este sindicato, que me entregó a un matrimonio, Julio y Lola, que tenían una hija que se llamaba África, donde he pasado creo que los mejores días de mi vida. Allí fui feliz.

Julio era un picador de una empresa que se llamaba Carbones Asturianos. Se llamaba JULIO GARCÍA NOVAL, era uno de los hombres de más valía de los mineros de la CNT en Asturias, y además tenía un buen cartel profesional como picador.

La vida en casa de esta pareja era admirable, el nivel económico era estupendo, el nivel de cultura era formidable, en aquella casa raro era el día en que no había la visita de algún personaje. Allí conocí yo a Belarmino Tomás, a Ramón González Pena, a Amador Fernández, en fin, a todos los dirigentes del socialismo asturiano, comunistas que venían de Turón, que era el feudo del comunismo en Asturias. Donde yo estaba, Julio García Noval era uno de los anarcosindicalistas más representativos de la cuenca minera del Nalón, era una persona muy querida y respetada. Luego, en la guerra civil, mataron a Julio, mataron a Lola, al hijo que habían tenido que yo no conocí porque ya estaba en Valladolid. Digo que lo mataron y a lo mejor estoy mintiendo, lo cierto es que no se ha sabido nada de ese niño. Julio fue llamado por el Gobierno por el movimiento anarcosindicalista para que se desplazara de Asturias a Zaragoza y salió en un avión, pero al llegar a Zaragoza, según las noticias que tenemos, los ocupantes del avión fueron detenidos por el Ejército y Lola, Julio, Bonifacio Durruti y su compañera murieron en Zaragoza, no sabemos en qué circunstancias, pero lo cierto es que no se ha vuelto a saber nada de ellos.

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