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LEOPOLDO GARCÍA ORTEGA, ESTANCIA EN ASTURIAS, AUTOBIOGRAFÍA.

Al primer hombre al que yo le oí hablar del peligro que suponía el fascismo para nuestro país fue a Valeriano Orobón Fernández que, por haber residido varios años en Berlín, conocía el problema alemán desde muy cerca, y fue en un mítin de La Felguera donde advirtió de que era necesaria una alianza de todas las fuerzas revolucionarias, de todas las fuerzas progresistas para tratar de impedir que el fascismo llegara a España.

Grupo Recuperación Memoria Libertaria Valladolid
Martes 10 de febrero de 2009


CINTA 3

Mi llegada a Sama de Langreo coincidió con el cuarto o quinto mes de la famosa huelga de La Felguera. Esta localidad suponía en el año 1933 la más fecunda y hermosa realización del movimiento anarcosindicalista en España, debiéndose decir que ningún otro municipio del país tenía las cotas proporcionales de concienciación ideológica, sindicación, cultura y afán constante y dinamismo de continuar creciendo en estas tres cualidades cívico-sociológicas. El centro sindical de La Felguera, el domicilio de los Sindicatos de la Federación Local de la CNT, se denominaba Centro La Justicia. Era un bello y espacioso edificio que albergaba una de las bibliotecas obreras con mayor número de volúmenes existentes en España. Aunque adelante acontecimientos, tengo que decir que este edificio fue arrasado en la guerra civil española, y, con anterioridad, en la revolución del 34, la biblioteca fue incendiada en la vía pública por los legionarios de XXX y de Francisco Franco.

El secretario del centro de La Justicia en 1933 era el gran luchador y excelente revolucionario llamado Herminio Prieto que, posteriormente a la revolución de octubre del 34, encontró refugio y asilo en Rusia, regresando a España tras el triunfo electoral del Frente Popular en febrero de 1936.

En La Felguera casi todos los días se producían actos societarios o culturales. Por ellos yo conocí personalmente a José María Martínez, al que había sido presentado en Gijón meses antes, a Onofre, a Blanco, todos ellos significados dirigentes libertarios asturianos, y también a Buenaventura Durruti, Ángel Pestaña, Orobón Fernández, leoneses los dos primeros y vallisoletano el tercero, que en aquella época desempeñaban los cargos de lo delegado del movimiento anarcosindicalista en la Primera Internacional al mismo tiempo que la Secretaría General de esta Primera Internacional.

La Felguera en 1933 tuvo una huelga en la que participaba más del 90% de su población laboral durante nueve duros y largos meses. Resultaría interesante acudir a las hemerotecas asturianas para conocer todo el proceso y todos los detalles de la más larga y mejor mantenida huelga de los trabajadores españoles. Bastaría recordar la llegada de las compañías de la Guardia de Asalto; la ocupación de las escuelas públicas, bueno, el intento de ocupación, por dichos guardias, y que impidieron los niños al mantenerse en ellas varios días; la llegada de los marinos de la Base de El Ferrol para seguir alimentando los hornos; la distribución de los niños, hijos de los huelguistas, por el resto de Asturias para descargar a sus padres de su alimentación y, con ello, poder sostener, por más tiempo y mucho mejor, la huelga; los enfrentamientos nocturnos en el barrio obrero de La Pomar entre huelguistas y guardias de asalto; y también aquellas ejemplares asambleas de los huelguistas en el Teatro Pilar Duro para decidir problemas referidos a la huelga y al mantenimiento o cese de la misma, con una militancia de casi el 100% de la masa obrera; el sistema de ayuda y reparto de víveres y dinero durante los nueve meses que duró la huelga para impedir que la empresa Duro Felguera no pudiera despedir a 270 jóvenes obreros muy conciencias, de los más de 3000 que tenía de plantilla la factoría.

Nunca podré dejar de manifestar mi amor y lealtad a la Asturias brava de la minería y de la industria, mis mejores meses o años hasta aquellas fechas de 1933 fueron los vividos en la Asturias rebelde de las cuencas mineras. Sama de Langreo, contrariamente a La Felguera, era un bastión del socialismo asturiano. Sama y La Felguera están unidas por un puente sobre el río Nalón, (La Felguera) era un núcleo mayoritariamente anarcosindicalista, sin embargo en Sama había una gran mayoría militante de socialismo creado casi todo por las manos y la palabra de Manuel LLANEZA.

Sama era una localidad con temple, estilo y cultura muy diferente a La Felguera, pero los metalúrgicos de aquí y los mineros de Sama eran igual en solidaridad y lealtad.

Yo no soy poeta ni escritor. Me gustaría serlo solo para cantar mi amor a Asturias y, sobre todo, mi amor y mi cariño hacia las gentes que conocí en los años 33 y 34 y posteriormente, años después de terminada la guerra civil. Y tengo que decir que Asturias es algo único en España. El asturiano, tanto los hombres como las mujeres, es abierto, generoso, es la mejor gente que hay en nuestro país, tienen un solo defecto, el vino, sobre todo en las cuencas mineras, pero algún defecto tenían que tener, no iban a ser todo virtudes. Además ese defecto está justificado, los que conocemos la dureza y la peligrosidad del trabajo en la mina tenemos que comprender alguna debilidad de estos hombres.

Yo en La Felguera pasaba muchas tardes, iba al centro La Justicia y allí me extasiaba oyendo hablar a aquellos hombres, aquellas discusiones, aquellas conversaciones que tenían, me maravillaba ver la cultura que tenían todos aquellos obreros. Pero hay que volver a Sama de Langreo que, al fin y al cabo, yo tengo que tener mucho cariño a La Felguera, pero tengo que tener mucho más a Sama porque es donde quedé y donde, al lado de Julio y Lola, que era un apareja de libertarios unidos libremente, sin ningún compromiso ni judicial ni canónico, y conmigo se portaron como si fueran mis padres. Yo tenía más cariño, me sentía más atraído hacia Julio, era más blando, menos exigente, más cariñoso. Lola tenía una preocupación porque yo fuera como tenía que ser y era más rígida para que yo no faltara a la escuela o hiciera cosas que no debía hacer.

En Sama fui a una escuela de las llamadas “escuelas modernas” que estaba regentada por un primo hermano de Buenaventura Durruti, que se llamaba Bonifacio Durruti, que también era leonés. Este maestro de escuela moderna ejercitaba un magisterio que no he visto yo en ningún otro lugar. Tengo que decir que siempre he tenido suerte con los maestros, quitando el primero, pero, a lo mejor, el pobre don Desiderio, soy injusto porque no lo supe, o no sé, a pesar de la distancia, lo que supondría para aquel hombre manejar a casi cien chiquillos hijos de labradores, campesinos. Quizás soy injusto con él.

Lo que sí tengo que puntualizar es la diferencia entre el método de enseñanza de una escuela cualquiera a una escuela de las llamadas modernas. Yo me acuerdo que en la escuela moderna por la mañana no se daba ningún tipo de asignatura de lo que se entiende por cultura oficial, o ciencia oficial. Las matemáticas, la geografía, la gramática o la geometría se daban por las tardes. Por la mañana, la clase, la enseñanza era para hacerte pensar y para que supieras expresarte. El buen Durruti cogía una regla de madera y le preguntaba a un niño que qué era aquello, el niño decía que una regla, y de qué está hecha, de madera, y qué es la madera, un producto que sale de un árbol, y qué es un árbol, etc. Y así estaba las tres horas de clase disertando sobre qué era la regla, de qué estaba hecha o para qué servía, y esto daba una cantidad de conocimientos enorme. Luego, por las tardes nos enseñaban lo que podíamos llamar la cultura oficial. Lo de la mañana, ese juego que había de conversar sobre un tema, nos preparaba muy bien para luego asimilar mejor lo que nos enseñaban por la tarde.

De Bonifacio Durruti como maestro tengo que decir que era bastante exigente conmigo, en esto compartía la misma teoría o la misma estrategia que Lola. También Buenaventura, en una estancia que estuvo allí escondido, también decía lo mismo. Yo les tenía antipatía, porque yo veía a Julio que era una persona abierta, cariñosa, que sí quería que fuera a la escuela, que estudiara y que hiciera las cosas como es debido, pero no con la rigidez de ellos, porque los Durruti tenían en los sesos que yo estaba en manos de ellos y que si yo no resultaba un buen ciudadano, la sociedad, los enemigos del anarcosindicalismo iban a decir que yo no había sido como es debido por culpa de ellos, que no me habían educado como tenían que hacerlo. Creo que ésta era la batalla que tenían en sus mentes. Pero yo a Lola la quería y la quiero con locura, después de mi madre, luego ya he tenido mi mujer y mis hijas, pero en aquella época es a la mujer que más he querido. Me recordaba siempre a aquella asturiana del tren que en Ávila me había comprendido tan bien a pesar de que yo estaba mintiendo como mienten los niños cuando tienen miedo.

A Julio también le mataron a un hermano, Fausto, una hermana, Aurora, una hija de Aurora, un cuñado, marido de Amada, fueron unos siete o nueve los miembros de esa familia que mataron en la represión después de la guerra civil. Esto indica el grado de politización o de concienciación ideológico-política que tenía esta familia. Aunque un sector de ella, que era Julio y un hermano que se llamaba Francisco, le llamábamos Quico, y el esposo de Amada eran anarcosindicalistas, sin embargo, Aurora, su hijo y Fausto eran socialistas. Fausto ha sido una leyenda en Asturias porque luego ha dirigido una partida en el maquis hasta que murió.

Me gustaría poder expresar todo lo que yo capté, todo lo que vi, lo bien que lo pasé. Era el niño mimado de las Juventudes Libertarias y, cuando hacían excursiones, siempre me llevaban con ellos. Fui a Gijón, a Santander, a Lugo, a León, a muchos pueblos de Asturias. Hacían unas giras donde se practicaban deportes, sobre todo natación en los ríos, se discutía y se hablaba, porque el movimiento anarcosindicalista en España ha tenido una condición de siempre estar hablando, siempre estar conversando, siempre estar discutiendo, tenían un afán enorme de aprender.

Yo en Sama de Langreo era lo que se llamaba el paquetero, ahora creo que se llama corresponsal. Era el que recibía la prensa anarcosindicalista de Madrid y Barcelona y las revistas. Las distribuía y como tenía el 30% de los beneficios, para vestirme y disfrutar tenía dinero más que suficiente porque de la alimentación no me tenía que preocupar en absoluto, pero sí del vestirme, calzarme y de mis gastos personales, se había estipulado que tenía que pagarlos yo con mi pequeño trabajo de repartidor de la prensa a los quioscos de Sama, de Ciaño, de La Nueva. Todos los días me hacía 10 ó 15 kilómetros de recorrido, era la única misión que tenía, que normalmente hacía por las mañanas, hasta que se instaló la escuela moderna en Sama, que ya solo dedicaba una hora, de las 8 a las 9, para llevar la prensa solo a los quioscos de Sama y de Ciaño, y éstos ya se encargaban de remitirla a otros sitios. Ésta fue mi situación, estaba como prohijado por el Sindicato Minero, afecto a la CNT de Asturias. Si bien el Sindicato Minero de la UGT que tenía un poderío enorme, tenía una Casa del Pueblo de nueve pisos en Sama de Langreo, que luego el Ejército la demolió ladrillo a ladrillo para que no quedara testimonio del poderío que habían tenido los sindicatos en Asturias, tenían el enorme cine-teatro Llaneza, y con esta gente había unas buenas relaciones entre los mineros de la CNT y los de la UGT, y éstos, a través de un hombre llamado Lucio, entregaron a Julio un pase para que yo pudiera asistir al cine Llaneza cuando quisiera, tenía siempre una butaca reservada en este cine, algo que tengo que agradecer.

Ya he dicho que lo mismo me daban los mineros de la UGT que los de la CNT, aunque por razones lógicas yo estaba más unido a los miembros de la CNT porque incluso, a pesar de mi corta edad, yo compartía sus ideales, o creía compartirlos. No, los compartía, porque aún hoy sigo teniendo mis vivencias libertarias y mis creencias libertarias y me gustaría ser un libertario, pero esto es muy difícil, hay que tener una moral y un grado de responsabilidad, hay que tener muchas cualidades que yo no tengo, pero valga mi intención de querer ser anarcosindicalista, de querer ser libertario.

Estaría un año, y no terminaría, hablando de Sama de Langreo, de los mineros, de Julio, de Lola, de Quico, de Piedad, de Amada, de Aurora, de Fausto, de toda aquella familia de los García Noval, de África, Vicente, muchas muchachas y muchachos que hicieron que mi estancia allí fuera envidiable, algo maravilloso.

Lo que sí quiero contar son mis visitas a los pozos mineros, sobre todo al pozo Fondón. Estando yo viviendo en Sama, hubo una explosión en el Fondón y hubo 13 mineros muertos. Fue el entierro más emocionante que he conocido en mi vida. A la salida de las minas los días de paga iban los miembros del Comité de Huelga de los metalúrgicos de La Felguera, extendían una sábana sobre aquel piso negro, y yo me quedaba maravillado de los duros de plata que los mineros, según salían de los turnos de los pozos, iban echando allí. La solidaridad en Asturias ha sido el fundamento de la grandeza de todo el movimiento sindical. En Asturias, el que estaba en una mala situación, el que estaba en huelga, el que estaba perseguido, siempre ha encntrado solidaridad y ayuda, debe ser algo innato en los asturianos. Yo veía verdaderos montones de duros de plata para los huelguistas de la Duro-Felguera. Después hubo una huelga en el pozo del Fondón que duró unos cinco meses, y se repetía la escena cuando iban los mineros a pedir ayuda a los de La Felguera.

El Sindicato Minero tenía montado un sistema de ayuda para enfermedad o para los huérfanos, que yo creo que han sido el principio de lo que luego hemos conocido como Seguridad Social. En La Felguera no había nada así establecido, pero sí el sindicato, cuando había una persona enferma, en el centro de La Justicia había un grado de solidaridad que yo no he vuelto a ver en ninguna parte.

Después he estado en Asturias, después de terminar la guerra y mucho de aquello aún se conservaba. Sin embargo en Valladolid, Melilla, Zaragoza o en Vigo, ciudades en las que he vivido, (o no lo había) o yo no lo he conocido nunca. Porque luego he conocido la Asturias no minera, no industrial, la Asturias que yo llamo femenina, de las playas, las rías, los campesinos, y el asturiano, en términos generales, es generoso, es bueno y es noble. Tiene que ser una condición que le de aquel terreno, aquel sol o aquella agua, porque en los demás sitios, no. Recuerdo que de soldado, tanto en Castilla como en Aragón, Galicia, Melilla o Cataluña, pedías un vaso de agua y te miraban de una manera extraña y te daban el agua con miedo. En Asturias pedías el agua y te sacaban un vaso de leche y te lo daban con todo el cariño. También lo he visto en la mili, que no sirve para nada, pero si observas sirve para algo, cuando los asturianos, y en esto también los vascos, recibían su paquete, su giro, lo que recibían era para todos. También lo comprobé en la cárcel. Las pequeñas comunas que constituían los asturianos tenían una forma de funcionar muy distinta a las otras, los vascos también eran generosos, tanto en la cárcel como en la mili, pero tenían un defecto, que eran muy nacionalistas. Yo admito que los pueblos tienen que ser nacionalistas, pero en algunas situaciones los hombres tienen que ser de todo menos nacionalistas, lo que no pueden dejar de ser es solidarios los unos con los otros.

Querría también comentar cómo funcionaba el gremio de los de los chamizos, el robo del carbón a las empresas mineras porque en Asturias, a pesar de todas las cosas buenas que he dicho, también había pobres y necesitados, aunque eran menos pobres y menos necesitados que los de otros lados, sobre todo de Castilla, que era de donde yo procedía. No he leído nunca nada acerca de este problema de la explotación de los chamizos, las minas abandonadas, de la criba del agua para aprovechar los residuos, de esto vivían los marginados que yo conocí en Asturias, que también eran marginados más humanos que los que conocí en otras partes, y es que, repito, y que me perdone quien crea que estoy haciendo una defensa exagerada, pero Asturias es así, grande en todo. Y hay varias Asturias, pero unidas todas por la solidaridad, la generosidad y el afecto.

Quiero ahora explicar la situación político-sociológica, económica que había en la Asturias de 1933, con un gobierno de izquierdas en el que había tres ministros socialistas: Largo Caballero, de Trabajo, Prieto, de Obras Públicas, y Fernando de los Ríos, de Instrucción Pública, que era el Ministerio de Educación y Ciencia de hoy. Este gobierno de izquierdas estaba resultando bastante impopular. No había dado satisfacción a las clases populares, y de una manera muy especial a las enormes y hambrientas masas de campesinos y braceros de Andalucía y Extremadura. España, la España de entonces donde la mujer estaba muy minoritariamente inserta en el mundo laboral, soportaba 700.000 obreros en paro y ninguno de ellos percibía subsidio ayuda alguna de las Administraciones Públicas, lo que hacía insostenible la situación del último Gabinete Ministerial de izquierdas de 1933, si bien hay que entender que el Partido Socialista estaba en minoría en dicho Gabinete y, para mayor desgracia de los tres ministros socialistas, los señores Prieto y De los Ríos eran de una tendencia muy moderada, reformista que se decía entonces, y no había la presión que debiera haber existido dentro del Gobierno para empujar a éste a unas acciones más enérgicas, sobre todo en lo de la reforma agraria, lo que hubiera remediado en gran parte las calamidades de las grandes masas de Andalucía y Extremadura.

El movimiento anarcosindicalista estaba en la vanguardia de las críticas y del combate a este Gobierno y éste había cometido una de sus mayores torpezas. Había anunciado que iba a disolver las Cortes y que iba a convocar nuevas elecciones en las cuales por vez primera iban a participar las mujeres. Había habido muchas llamadas de atención por parte de intelectuales y hombres de izquierdas advirtiendo al Gobierno del peligro que suponía el que la mujer participase en las elecciones. Esto parece contradictorio, porque la izquierda no podía negar el derecho de la mujer al sufragio universal, no podía negarse a equiparar a la mujer a los derechos del hombre, pero sí había una realidad, que era ésta: se temía, como luego se comprobó, que la mujer, en su mayor parte, iba a dar el voto a la derecha.

España estaba agitada, había huelgas y protestas por todas partes, y Asturias no era una excepción. Era una región muy combativa, muy luchadora y puede que estuviera en cabeza de la lucha contra aquel tipo de gobierno, contra aquel tipo de gobierno que era inoperante en lo que se refiere a atender a las demandas de las clases populares, bueno, también era inoperante en otras muchas cosas.

En Asturias, que era lo que yo conocía, está muy claro que los anarcosindicalistas y los comunistas deseaban la revolución. El movimiento anarcosindicalista creía que la revolución era posible ya, de inmediato. Los comunistas también, aunque luego han dicho públicamente que no. Los socialistas, incluso los socialistas revolucionarios, los del ala izquierda del partido, de las Juventudes Socialistas y de una gran parte de la UGT, veían la revolución posible, pero pensaban que había que había que prepararla y había que esperar el momento oportuno. Y ese momento oportuno para ellos fue lo más inoportuno que se puede imaginar. Entendieron que la revolución había que comenzarla cuando en España hubiera un gobierno de derechas, por entender que un gobierno de derechas iba a acabar con las conquistas que en la primera época de la Segunda República se habían realizado en España, que, aunque antes he dicho que había sido inoperante, respecto a la enseñanza, a la creación de miles de escuelas, eso nadie lo puede negar, y respecto a la libertad que existía a pesar de los estados de excepción, de la censura y de muchas leyes represivas o que mediatizaban bastante el uso de las libertades, la verdad es que había una prensa obrera, una prensa sindical muy combativa, y el grado de concienciación y de cultura de los obreros iba en aumento día a día.

En Europa, en aquellos tiempos, ya campaba por sus fueros el terrible nacional-sindicalismo de Alemania y el fascismo de Italia, y aquí existía un justo temor. Al primer hombre al que yo le oí hablar del peligro que suponía el fascismo para nuestro país fue a Valeriano Orobón Fernández que, por haber residido varios años en Berlín, conocía el problema alemán desde muy cerca, y fue en un mítin de La Felguera donde advirtió de que era necesaria una alianza de todas las fuerzas revolucionarias, de todas las fuerzas progresistas para tratar de impedir que el fascismo llegara a España. En Asturias siempre se había sentido un gran atractivo por lo que se llamó entonces la Alianza Revolucionaria de las dos Centrales Sindicales UGT y CNT. La CNT, en el ámbito nacional, no era partidaria, por entender que los socialistas no iban a jugar limpio y que no iba a ser viable. Pero, dada la estructura confederal de la CNT en un Congreso de Regionales, las Regionales eran autónomas en sus decisiones, la Regional de Asturias, precisamente por la buena relación que tenían sobre todo los sindicatos mineros, aprobó que ya en Asturias iba a firmar la Alianza Revolucionaria con la UGT y con los comunistas, con todas sus consecuencias. Ya en otoño del 33 en Asturias se palpaban unas inquietudes revolucionarias bastantes profundas, bastante visibles, y no había duda de que en cualquier momento allí iba a ser posible que las clases trabajadoras iniciaran la revolución. En Asturias había mucho optimismo, luego los hechos lo han confirmado, tanto socialistas, como comunistas, como anarcosindicalistas daban por hecho que la toma del poder en aquella comarca era pan comido para las clases trabajadoras, aunque sabiendo que iba a suponer sacrificios y costos la lucha revolucionaria, pero todos eran optimistas y daban por seguro que allí era realizable el anhelo de todos los trabajadores.

En Madrid el Parlamento se cerró y de la noche a la mañana surgió la convocatoria de elecciones al Parlamento a celebrar el 19 de noviembre de 1933. La derrota que sufrió la izquierda fue aparatosa. Se unió a esta derrota, primero el desencanto de la gente que había tenido mucha ilusión con la proclamación de la República, pero que veía que socialmente no se avanzaba nada. Segundo, la inauguración del voto femenino con una mujer española que en su mayor parte todavía estaba condicionada por muchos factores de tipo religioso, social, y lo que ya sentenció la derrota de la izquierda fue que la Confederación Nacional del Trabajo, la poderosa CNT, dio orden a todos sus afiliados de abstenerse, de no votar en estas elecciones. Por tanto, el Parlamento que se eligió el 19 de noviembre de 1933 fue de mayoría de centro-derecha, y digo centro derecha por no decir de derecha por dar un pequeño margen a los radicales.

Entonces la CEDA, que era un partido de derechas que capitaneaba José María Gil Robles, logró un gran triunfo. El Partido Socialista perdió muchos votos y, en consecuencia, muchos Diputados, al igual que Izquierda Republicana, que era el partido que capitaneaba Azaña. El desastre fue total, la izquierda fue barrida.

El Gobierno que se había constituido para celebrar las elecciones estaba presidido por Diego Martínez Barrios. El Gobierno, cuando disolvía el Parlamento, dimitía, y el Presidente de la República, el Jefe del Estado, encargaba a un político equidistante, de centro, para que se hiciera cargo del gobierno y bajo ese Gobierno se celebraban las elecciones. El Gobierno de Martínez Barrios, quien era un disidente del Partido Radical de Alejandro Lerroux, siguió unas semanas en el poder y enseguida entró un Gobierno de centro-derecha presidido por un radical, por un lerrouxista, y apoyado por los agrarios y apoyado por los agrarios de Martínez de Velasco. Pero no entró ningún Ministro de la CEDA y esto se fue sosteniendo hasta que, en octubre de 1934, España se levantó sabiendo que la CEDA entraba en el Gobierno y que Gil Robles, que era el jefe del partido, se hacía cargo del Ministerio de la Guerra.

Y aquí hay muchas versiones. Una, que se dio la orden de la revolución. Otra, que se dio solo la orden de huelga, pero en Asturias se entendió que había que ir a por todas, y los obreros se hicieron con la situación mientras que en el resto de España, quitando un pueblecito de Valladolid, Medina de Ríoseco, que allí se secundó el movimiento huelguístico revolucionario, en los demás sitios la clase trabajadora francamente no respondió como se creía antes de declararse la huelga general revolucionaria.

Por otra parte, Cataluña, que también estaba comprometida, allí el Ejército cortó por lo sano, el Gobierno de la Generalitat fue hecho preso y allí fracasó toda la sublevación en protesta por la llegada al Gobierno de Gil Robles, porque se entendía que Gil Robles representaba el fascismo y que había llegado el fascismo al Gobierno. Esto no fue cierto en su totalidad, pero sí en parte se podía estimar que Gil Robles representaba una derecha muy ultramontana, muy reaccionaria, muy poco afecta a la República y enemiga total de todas las conquistas sociales que no se habían logrado por decretos del Gobierno, sino basándose en huelgas y luchas de la clase trabajadora.

El movimiento revolucionario de octubre del 34 me confirmó mi fe y esperanza en las posibilidades del pueblo alzado en armas. La solidaridad y la lealtad, si tienen componente revolucionario, hacen viable la conquista del poder por las clases trabajadoras. Que este movimiento revolucionario no tuviera mayor extensión no fue por culpa de la falta de talante revolucionario de los trabajadores, no fue más extenso y fracasó por causa de la falta de un criterio único en el Partido Socialista Obrero Español donde una mayoría de los dirigentes fue incluso contraria a la huelga.

Volviendo al otoño de 1933 y a Sama de Langreo, las discusiones entre anarcosindicalistas y socialistas se basaban en multitud de reproches y acusaciones debido a los incidentes dramáticos de Casas Viejas, tumba política de Manuel Azaña, y a la no concurrencia electoral de los anarcosindicalistas en noviembre de 1933, que los socialistas creyeron determinante en el hundimiento electoral de la izquierda. Sin embargo en Asturias, en Sama de Langreo, las discusiones fueron muy vivas y acaloradas pero nunca se quebrantó la unidad sindical de los trabajadores revolucionarios.

Mi vida personal continuaba alegre y placentera, como la existencia de un niño de 14 años de edad sin problemas ni preocupaciones. Pero está más que comprobado por la experiencia humana que lo alegre y placentero, aunque se trate de niños adolescentes, nunca es permanente, y por ello, un día negro de aquel otoño de 1933, llegó a la casa de Julio y Lola un telegrama anunciando el fallecimiento de mi padre, ocurrido en Valladolid a consecuencia de una intervención quirúrgica que le habían practicado en el Hospital Provincial. Tengo que manifestar ahora que la noticia en aquel momento no me produjo mucho impacto, yo estaba dolido y resentido a la vez que alejado de mi padre, al que Julio había escrito varias cartas incluyendo algunas mías, informándole de mi buen estado y rogándole perdonara mi huida del hogar familiar. Mi padre jamás contestó y nunca supo perdonarme, aceptando de buen grado la sugerencia y consejo de toda la familia para que me privara del derecho a heredar. A última hora, la señora Cándida, aquella buena vecina, ayudada por mi hermano, hizo posible que mi padre me perdonara horas antes de fallecer. En la casa de Julio y Lola, este telegrama anunciando el fallecimiento de mi padre rompió por unos días la armonía habitual al exigir Lola que yo debía retornar a Valladolid, y al mantener Julio el respeto a mi negativa. Esta tormenta doméstica duró tres o cuatro días, pero enseguida todo volvió a la normalidad. Lola, que había sufrido en su juventud un proceso similar al mío, aunque mucho más grave por la pésima conducta de su padre, entendió que era yo quien debía de ceder para demostrar mejor mis sentimientos y quién era. Yo, en cambio, sentía pánico de regresar a Valladolid, temeroso de la reacción de toda mi familia, con la única exclusión de mis hermanos, de 11 y 17 años.

Terminó el otoño de 1933, llegaron las lluvias, el frío y la nieve quedando establecido el invierno, que en la cuenca del Nalón, en Sama de Langreo, suele resultar un invierno duro y frío, más pernicioso que los inviernos de Castilla, que resultan más soportables por ser mucho menor la humedad y las lluvias, pero yo aguantaba bien por estar excelentemente alimentado, vestido y calzado. Sin embargo, a finales de año, al haberse producido otro de los ensayos revolucionarios del movimiento anarcosindicalista en algunos lugares de España, y haberse sentido sus efectos en Gijón, La Felguera y otros puntos de la cuenca minera del Nalón a partir de voladuras de torretas, soporte de las líneas eléctricas de alta tensión, para evitar con ello los trabajos en industrias y minas, como consecuencia, las fuerzas represivas empezaron a actuar sin contemplaciones ni miramientos efectuando bastantes detenciones de obreros cenetistas significados, y entre ellos mi querido Julio García Noval, y como rechazo la policía me detuvo a mí también poniéndome a disposición del Gobernador de Asturias, el luego tristemente famoso Velarde, quien ordenó mi internamiento en el Reformatorio de Menores de La Tenderina en Oviedo.

Los ensayos revolucionarios de los anarcosindicalistas han sido muy criticados por las otras fuerzas sindicales tanto socialistas como comunistas, pero yo mantengo el criterio cenetista de que esta dinámica revolucionaria, aunque a veces muy cruenta, como los llamados sucesos de Casas Viejas, o con altos costos por persecuciones, torturas y encarcelamientos, fue la escuela del movimiento obrero que España alcanzó cotas tan hermosas y ejemplares en lo ideológico y revolucionario como el octubre de Asturias de 1934 o la toma de los cuarteles al Ejército en julio de 1936.

De mi estancia en el reformatorio de La Tenderina me corresponde decir que el mismo fue como un hotel de cinco estrellas en comparación con la cochambre, miseria y desatenciones que más tarde me ha tocado padecer en hospicios, hospitales, comisarías, cárceles y algunos cuarteles del Ejército. Hasta en esto de la llamada caridad o asistencia pública, Asturias es diferente a la casi totalidad del resto de regiones o comarcas de España. En el reformatorio de La Tenderina había limpieza, estupendas dependencias, excelente calefacción y una alimentación y un comportamiento de los funcionarios y guardianes admirable. Allí fui bautizado con mi primera ficha semipolicial y sufrí mi primer examen psíquico y de coeficiente intelectual. Yo entre la treintena de internos era el único que no estaba por falta de tipo común, sencillamente fui clasificado como huido del hogar paterno.

En este momento es cuando voy a perder de vista a la Asturias que yo tanto quería, en la cual yo conocí el mar, que me produjo una emoción que todavía no he olvidado, las montañas, el verde, el río Nalón, todo negro por tener que soportar los lavaderos de carbón, y, sobre todo, perdí a Lola, aquella admirable mujer, de la que no he dicho que había sido prostituta, que había estado en un prostíbulo, igual que sus dos hermanas, Azucena y Amelia, por culpa de ese padre que habían padecido. El caso es que conoció a Julio, se unieron, y jamás he conocido yo a una mujer con tal integridad, con tan hermosas y bellas cualidades como tenía Lola. Yo quiero mucho a mi madre, pero hay una verdad: que después de mi madre a la mujer que más he querido en aquella época fue a Lola.

Sigo relatando aquellos tiempos que viví en el reformatorio de La Tenderina, de donde salí para ser conducido por la policía hasta Valladolid, creo que el 17 de enero de 1934. El viaje de Oviedo a Valladolid fue en tren, allí quedé en un calabozo de la comisaría de policía a disposición del Gobernador Civil de la provincia. A la comisaría de policía llegué sobre las tres de la madrugada del día 18 de enero, y a las nueve de la mañana, también conducido por un agente de policía, hice mi entrada en el destartalado caserón que hasta 1864 era el antiguo palacio de los condes de Benavente, convertido en Hospicio Provincial donde estaban acogidos los niños huérfanos y desvalidos de la provincia de Valladolid.

Nada más efectuar mi ingreso en el hospicio fui encerrado en el calabozo de dicho establecimiento, que posiblemente haya sido la dependencia más asquerosa que yo haya ocupado a lo largo de mi vida, y donde las ratas casi tenían el tamaño de los gatos. Rápidamente me hice a la idea de que aquello no estaba hecho para mí y comencé a planear mi escapada de aquel antro, que muchos años después seguía siendo una vergüenza para la provincia de Valladolid. Días después de mi ingreso en el hospicio, supe que ello había sido debido a la mezquina disposición de la Diputación Provincial de Valladolid, que se había negado a abonar, por considerarlo muy alto, el cargo que la Diputación Provincial de Asturias había pasado para que yo pudiera quedarme en el reformatorio de La Tenderina.

Hasta la hora de recibir la llamada primera comida la puerta del calabozo se abría de vez en cuando y yo advertía la malsana curiosidad de mis visitantes, que comentaban que yo había venido de Asturias donde había estado con los comunistas. En enero de 1934 el estar o haber estado junto a los comunistas tenía unas resonancias que ahora, al relatar aquellas épocas de mi vida, casi no pueden comprenderse. Toda la mañana sentía hambre y mucho frío, estoy hablando de Valladolid a mediados del mes de enero. A mediodía me llevaron lo que llamaremos comida, que era muy abundante pero pésimamente condimentada. Tomé el pan, que no era cocido del mismo día, más tarde supe que se daba pan de dos días antes para reducir el consumo, y con el pan comí unos garbanzos nada bien cocidos. Cuando volvieron a recoger los abollados platos y vasos y los cubiertos de aluminio, y ven que prácticamente no había (tocado) los alimentos, el celador de servicio apuntó que yo parecía muy señorito, pero continuó: “aquí se acaban pronto los escrúpulos y se comen hasta las piedras”.

Yo me limité a escuchar y nada contesté, actitud que debió desagradarle al celador, que cerró de un fuerte golpe la enorme puerta de aquella dependencia dedicada a leñera, carbonera y calabozo. Quedé otra vez solo en aquella fría estancia y, como había realizado antes de serme llevado el rancho-comida, seguí esperando y paseando por el local enorme y destartalado que ocupaba, pensando y añorando Asturias, a Julio, a Lola, a África, a Vicente, a Quico, a Piedad, a todas aquellas personas que tanto me habían querido en la verde y generosa Asturias. También continuaba reconsiderando cómo y cuándo debía huir de aquel siniestro hospicio de Valladolid. Solamente había una cosa que verdaderamente me asustaba: la noche, y dónde y cómo dormiría. También pensaba en mis tíos y otros familiares; ello igualmente me producía temor. Recordaba a mi hermana y a mi hermano, que ignoraba si ellos conocían mi estancia y situación en Valladolid. A media tarde de aquel frío 18 de enero de 1934, otra vez más se abrió la puerta del calabozo, entrando en el mismo un cura. Seguidamente supe que era el director del hospicio, acompañado de otras tres personas: un celador, distinto al que había presenciado la entrega y retirada de la comida, al que conocí por el guardapolvos de uniforme, y los otros dos visitantes resultaron ser un empleado administrativo del hospicio y el señor diputado visitador del establecimiento.

Rápidamente capté la importancia y trascendencia que aquella visita podía tener para mí. Y a este respecto tengo que manifestar, sin ninguna duda y sin exageración, que yo a los 14 años resultaba un adolescente muy distinto a como eran los niños en aquellos tiempos. Me destoqué de la pequeña boina y dirigiéndome a la persona que más autoridad pensé que tenía, y que acerté, la del diputado visitador, le tendí la mano y le saludé presentándome, respondiendo él dirigiéndose al resto de los acompañantes:
- Este niño no muerde.

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