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San Isidro

En conjunto, la zona era conocida como Campo de San Isidro, y fue el lugar escogido por los sublevados para ejecutar a los condenados a muerte tras juicio sumarísimo en Valladolid.

Orosia Castán

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Jueves 26 de abril de 2012


Fot:Cascajera de San Isidro, lugar de las ejecuciones (fotografía del año 1930)

La ciudad de Valladolid se extendía hacia el este formando el barrio de San Isidro; un barrio obrero, de casas bajas, limitado por las vías del tren.

La calle que hoy se denomina Avenida de Juan Carlos I era una carretera conocida por los vallisoletanos como “Camino de Casablanca”. Hacia el este, la carretera de Soria arrancaba directamente de la plaza Circular, saliendo por las llamadas “Puertas de Tudela”, hoy desaparecidas.

Era, sobre todo, una zona de arrabal donde proliferaban las fincas agrícolas y las casas de labor. Más arriba, ya en el páramo, estaba instalada la incineradora municipal, de la que todavía queda la enorme chimenea de ladrillo, hoy minimizada por los edificios construidos.

La zona presentaba unas elevaciones de terreno, los Altos de San Isidro. En uno de estos altos se encuentra la ermita del mismo nombre, un lugar bien conocido por los vallisoletanos, que acudían (como siguen haciendo hoy) a celebrar la romería del 15 de mayo. Al otro lado de la carretera de Soria, en otro alto, se encuentra el cuartel de la Guardia Civil que es una construcción moderna.

Y ya en dirección a la carretera de Villabáñez, en donde hoy encontramos el colegio Narciso Alonso Cortés, había unas cascajeras naturales que surtían de grava a las constructoras vallisoletanas.

En conjunto, la zona era conocida como Campo de San Isidro, y fue el lugar escogido por los sublevados para ejecutar a los condenados a muerte tras juicio sumarísimo.

¿Por qué escogieron precisamente este lugar? Seguramente por sus condiciones en cuanto a seguridad. Estaba bien comunicado, pero a la vez, lo suficientemente alejado del núcleo de la ciudad como para evitar posibles problemas de orden público. La zona, bastante desolada, era fácilmente controlable. El paredón, situado en un desmonte, podía ser rodeado por las fuerzas armadas, para así haber podido impedir cualquier conato de respuesta.

La conducción de los reos se efectuaba con medidas de seguridad; no hacían falta, pues no hubo resistencia.

Estas ejecuciones públicas eran seguidas por abundantes ciudadanos vallisoletanos. Acudían familias enteras al espectáculo. Es lamentable aceptar que muchos vallisoletanos encontraran en el asesinato de los republicanos una diversión, pero así fue y muchos son los testimonios que lo confirman.

Dado que los fusilamientos se producían a horas tempranas de la madrugada, un avispado churrero que tenía su tenderete de churros y aguardiente en la plaza Circular, montó un puesto ambulante en las cercanías del paredón, y así los asistentes al horrible espectáculo podían reconfortarse con unas copas en las frías madrugadas otoñales. La situación era demasiado penosa incluso para los verdugos, por lo que el gobernador civil hizo admoniciones acerca de este comportamiento “poco edificante”, desde las páginas de “El Norte de Castilla”, que no fueron seguidas por la gente.

Desde los barrios aledaños, San Isidro, Pajarillos y Pilarica, se oían las descargas de fusilería, y los vecinos, aterrados, iban contando los tiros de gracia para saber el número de ejecutados en aquella madrugada.

Tras los fusilamientos, los cuerpos eran trasladados en camionetas hasta el cementerio municipal, donde normalmente quedaban enterrados en una fosa común. Hubo familias que lograron enterrar a los suyos en fosas particulares; otras familias pudieron comprar una caja, intentando dignificar el sepelio; pero la mayoría de los fusilados acabaron amontonados en las fosas comunes del cementerio, arrojados sin orden ni concierto, cubiertos de cal y sepultados sin nombre.

De esta manera fueron asesinadas casi 500 personas condenadas a muerte en juicios celebrados fuera de la legalidad. El primer fusilamiento tuvo lugar en la madrugada del 29 al 30 de julio, y la víctima, el doctor José Garrote Tebar, médico y concejal socialista que había sido sometido a Consejo de Guerra dos días antes, el lunes 27 de julio, y que fue el primer condenado a muerte por los sediciosos.

Aquellas graveras fueron muy visitadas. Tras las ejecuciones, celebradas al amanecer, quedaba la sangre de las víctimas extendida por el suelo. Cerraba la churrería y los curiosos volvían a la ciudad a sus quehaceres diarios, a misa, a la escuela…

Venían entonces los perros callejeros a lamer aquella sangre, y los niños que vivían en las cercanías los espantaban a pedradas.

TESTIMONIO de A.P.L, testigo de la época.

"Cuando llegó el mal llamado Movimiento Nacional, en ese mismo barrio de Pajarillos Altos o de San Isidro, que es lo mismo, se cometió la mayor ignominia con el señor Quintana y toda su Corporación: Fueron vilmente asesinados (aunque algunos digan fusilados) casi en presencia de los niños que ellos enseñaron a leer y a escribir, pues el lugar de su ejecución estaba a cien metros de este barrio, y desde allí se escuchó la descarga. Esto fue terrible, pero todavía peor fue ver a distinguidas señoritas, ataviadas con pieles y pamelas que acudieron a presenciar tan terrible espectáculo, y no faltó el patoso de turno que puso un puesto de churrería en el camino. En esto apareció un capitán del ejército que, pistola en mano hizo desaparecer esta pintura, afeando su mala conducta y haciéndoles ver que somos seres humanos. Sobre este punto, hace tiempo que apareció una noticia en el Norte de Castilla, en la que un señor negaba estos hechos. Pero este servidor puede asegurar que fueron ciertos y que los niños anteriormente citados tapamos con tierra los restos que esta salvajada dejó en dicho lugar."

NOTA PUBLICADA EN LA PRENSA VALLISOLETANA

"Por el Gabinete de Censura y Prensa del Gobierno civil, se hace pública la siguiente nota:

Uno de los fines principales que se propuso alcanzar el glorioso movimiento a que se ha lanzado el Ejército español, secundado con todo entusiasmo por el pueblo sano, es indudablemente el de la educación ciudadana en todos sus aspectos. Y uno de éstos es la nobleza de sentimientos y la generosidad para con el vencido. En estos días en que la justicia militar cumple la triste misión al dar cumplimiento a sus fallos, de dar satisfacción a la vindicta pública, se ha podido observar una inusitada concurrencia de personas al lugar en que se verifican estos actos, viéndose entre aquéllas niños de corta edad, muchachas jóvenes y hasta algunas señoras. Son públicos, es verdad, tales actos, pero la enorme gravedad de los mismos, el respeto que se debe a los desgraciados, víctimas de sus yerros, en tan supremo trance, son razones más que suficientes para las personas que por sus ideas, de las que muchas hacen ostentación, deban abrigar en sus pechos la piedad, no asistiendo a tales actos, ni mucho menos llevando a sus esposas y a sus hijos. La presencia de estas personas allí dice muy poco en su favor; y el considerar como espectáculo el suplico de un semejante, por muy justificado que sea, da una pobre idea de la cultura de un pueblo. Por esto precisamente, es de esperar de la nunca desmentida hidalga educación del pueblo de Valladolid, que se tendrán en cuenta estas observaciones.

Valladolid, 24 de Septiembre de 1936."

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