Valeriano Orobón Fernández. Anarcosindicalismo y revolución en Europa
Bueno compañeros y compañeras, por fin hemos conseguido el libro de nuestro amigo Valeriano en formato digital y para que la cultura y la historia del anarquismo pueda llegar a todo el mundo de la manera más fácil posible. Esto lo publicaremos en entregas y finalmente con las fotos que ilustran todo el libro. Esperamos que esta vida tan entregada al anarquismo sea de vuestro agrado. Por último queremos agradecer al autor del libro, José Luís Gutiérrez Molina el hecho de que no nos haya puesto ninguna traba para publicar esto, sino que todo lo contrario, se mostrado tan agradecido.
Salud.
JOSÉ LUIS GUTIÉRREZ MOLINA
2.4 El comunismo de estado no es revolución. V. Orobón.
2.3. Un activo militante: la propuesta anarcosindicalista
2.2. Un traductor comprometido
II PENSAMIENTO Y OBRA. 2.1 Una naturaleza privilegiada.
1.4. De nuevo en España. De Valeriano “El pacificador” a la Alianza Obrera Revolucionaria.
1.3. Valeriano Orobón Fernández en Berlín: la Asociación Internacional de Trabajadores (1925-1931)
Traducción textos en alemán FELIPE OROBÓN MARTÍNEZ
Domingo 26 de abril de 2009
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ÍNDICE
Introducción
I. La vida de un anarquista
1. La infancia y la primera militancia en Valladolid (1901-1923)
2. El exilio en Francia (1924-1925)
3. Valeriano Orobón Fernández en Berlín: La AIT (1925-1931)
4. De nuevo en España: De Valeriano “el pacificador” a la Alianza Obrera Revolucionaria
II. Pensamiento y obra
1. Una naturaleza privilegiada
2. Un traductor comprometido
3. Un activo militante: la propuesta anarcosindicalista
4. El comunismo de estado no es revolución
5. La crítica a la Segunda República
6. Una tercera vía anarcosindicalista
7. ¡Alianza Revolucionaria, sí!
III. Inventario de la obra de Valeriano Orobón Fernández
IV. Álbum fotográfico
V. Las obras 1. Tormenta sobre España (traducción Felipe Orobón Martínez) (1931)
2. La CNT y la Revolución, Madrid, Ediciones El Libertario, 1932
3. Perspectivas Nacionales e Internacionales (1932-1933)
I. Quince años de bolchevismo
II. La sombra de Bismarck
III. Hoover y Roosevelt-Wall Street
IV. Trampas de guerra
V. El congreso de Ottakring
VI. Manchukuo
VII. Hitler ante portas
VIII. Stalin, discípulo de Taylor
IX. Gobierno socialista en Suecia
X. España y la política de alianzas
XI. La avaricia rompe el saco
XII. Schleicher, el reptante
XIII. Los triunfos diplomáticos de la República
XIV. La pequeña Entente, gran peligro de guerra
XV. El empréstito a Méjico o el sacrificio de Guzmán
XVI. Balance y perspectivas
XVII. Otra vez en la brecha
4. La CNT y los comunistas españoles (1932-1933)
5. Anarcosindicalismo y revolución: La alianza obrera (1925-1934)
I. Economía libertaria de la revolución. La reorganización de la producción
II. Consideraciones sobre la revolución española y la misión de la CNT
III. Aspectos internacionales de la cuestión agraria
IV. La AIT, el problema agrario y los campesinos
V. Consideraciones sobre la unidad. ¡Alianza revolucionaria, sí! ¡Oportunismo de banderías, no!
VI. Consideraciones sobre la unidad. La plataforma de Alianza
6. Retazos biográficos de militantes obreros (1926-1933)
I. E. Armand
II. Max nettlau
III. Rodolfo Rocker
IV. Eduardo Bernstein
Bibliografía
Índice onomástico
Introducción
No es posible entender la historia de España, al menos la del primer tercio del siglo XX, sin tener presente al anarquismo. Sus organizaciones tuvieron una especial importancia, en algunos casos decisiva, en el desarrollo de las principales cuestiones que afectaron a la vida social y económica de la nación. Así ocurre, por ejemplo, en lo referente al problema de la tierra, y la ejecución de una reforma agraria; a la organización del movimiento obrero al compás de la industrialización o, en 1936, a las prácticas revolucionarias puestas en marcha tras la derrota de la sublevación militar.
Fueron muchos los miles de hombres y mujeres que lucharon por la conquista de un mundo nuevo inspirado en los principios libertarios. Hoy, salvo contadas excepciones, la inmensa mayoría de ellos están olvidados. Queda un escaso rastro de la tupida red que, en unas regiones más que en otras, formaba la trama en la que se sustentaba el anarquismo ibérico. Casi no existía comarca en la que no funcionara una, pequeña o grande, sociedad obrera guiada por los principios tácticos y finalistas anarquistas; viviera un corresponsal, encargado de proporcionar información y venderla, de la prensa ácrata o se creara un grupo específico, de cuatro, cinco o seis miembros, que se reunieran para discutir cúal era la forma mejor de difundir los principios libertarios.
Uno de estos miles de militantes fue Valeriano Orobón Fernández. Castellano de nacimiento, su corta vida es un compendio de lo que era el movimiento libertario español de esas décadas. Aunque Valladolid no era una de las plazas fuertes del anarquismo, existía en ella, desde los tiempos de la Primera Internacional, un activo núcleo libertario que mantuvo, unas veces más boyantes, otras menos, una sociedad de oficios varios y, sobre todo, una escuela inspirada en los principios racionalistas. Aunque el socialismo, y el sindicalismo confesional católico, dominaban el panorama obrero, del pequeño foco ácrata surgieron varios destacados militantes del anarquismo y anarcosindicalismo español. Fueron los casos, durante el siglo XX, de Evelio Boal -secretario nacional de la CNT-, Pedro Herrera -miembro del comité peninsular de la FAI- o el propio Orobón Fernández, que perteneció al secretariado de la AIT, la internacional sindicalista revolucionaria creada en Berlín en 1922.
En demasiadas ocasiones se nos presenta al anarquismo español como un cuerpo monolítico, casi sectario, que no se corresponde con la realidad de un movimiento que agrupaba a cientos de miles de trabajadores y entrelazaba sus raíces con otras tendencias sociales y culturales presentes en la sociedad. Como el republicanismo o los primeros grupos introductores del naturismo o el vegetarianismo. Prejuicio que, a poco que lo estudiemos, se desmorona para ser sustituido por la imagen de un organismo multiforme, activo y en evolución. Si no hubiera sido así, difícilmente sus planteamientos habrían estado presentes de la transformación del viejo societarismo obrero de resistencia, en el moderno anarcosindicalismo; habría inspirado un vasto movimiento de periódicos, centros de enseñanza o ruptura de moldes tradicionales o, en fin, hubiera llegado a ser una auténtica alternativa social en el verano de 1936. Sin exagerar, el último momento en que la civilización occidental ha sido capaz de ofrecer una posibilidad de creación de una sociedad más justa, igualitaria, fraterna y libre.
Valeriano Orobón Fernández es un ejemplo de esa vitalidad. Preocupado, desde sus primeros años de militancia, por la renovación teórica del anarquismo, su obra y actividad refleja en todo momento un encomiable afán por el estudio, la búsqueda de nuevas alternativas y, sobre todo, el mejor análisis de las circunstancias concretas. Así ocurrió, cuando apenas tenía veinte años, en el debate que produjo el impacto de la revolución rusa en el obrerismo español; unos años después, durante la dictadura de Primo de Rivera, cuando estaba en el exilio, durante la polémica sobre la colaboración de los anarquistas con otras fuerzas -principalmente republicanas- opositoras a la monarquía; o, finalmente, con su propuesta, a comienzos de 1934, de Alianza Revolucionaria que revolucionó el panorama del movimiento obrero español y supuso el inicio de una rectificación táctica del anarcosindicalismo que terminaría concretándose después, en la propuesta de unidad revolucionaria acordada en el congreso de la CNT celebrado en mayo de 1936 en Zaragoza.
Además, Orobón Fernández es paradigma del anarquista preocupado por su formación. No corresponde a la figura más conocida del trabajador autodidacta que adquiere una más que regular cultura por su esfuerzo tras una extenuante jornada de trabajo. Nacido en una familia de cierto nivel económico, acudió desde pequeño a la escuela y fue su relación con dos conocidos maestros libertarios, Eusebio Carbó y Luis García Muñoz, Zoais, la que decidió su militancia. Dotado de una excepcional naturaleza, a pesar de su debilidad física que terminaría por llevarle a una temprana muerte, tras su exilio se convirtió no sólo en un renovador de los presupuestos ácratas, sino también en un excelente traductor. Gracias a esta actividad pudo sobrevivir en Alemania, completándola en un primer momento con la de profesor de idiomas, y proporcionarnos un inestimable material en español de los congresos, debates y manifiestos de la AIT. Tradujo casi una docena de libros y, a su regreso a España, para la empresa cinematográfica Filmófono, fue el autor de la versión española de conocidas películas norteamericans, francesas y soviéticas, como El acorazado Potemkin o Carbón.
De todas formas, su figura merecería pasar a las páginas de la historia de los movimientos sociales por su intervención en la formulación teórica de lo que llamamos la alianza obrera. No se puede olvidar que fue, precisamente, la unión de socialistas y anarquistas en las jornadas de julio de 1936 la que determinaron no sólo la derrota de los sublevados, sino también que comenzara el proceso revolucionario. A pesar, incluso, de las propias autoridades gubernamentales que parecieron temer más a la inicial respuesta unitaria obrera que a la propia rebelión.
La unidad de las distintas corrientes del obrerismo español no era, en los años treinta, una cuestión nueva. Venía del siglo XIX, tras la primera escisión de los marxistas de la Internacional española y reverdecida, en el XX, en coyunturas como la huelga nacional revolucionaria de 1917. Preocupación que se pone de manifiesto por la continua presencia del tema en los órdenes del día de los congresos obreros anarcosindicalistas. Sin embargo, en los años treinta el asunto se presentaba como decisivo. En un contexto del ascenso del nazismo alemán y los regímenes autoritarios en toda Europa, con el desmantelamiento, persecución y aniquilamiento de los grupos obreros, la importancia del movimiento libertario en España aparecía como una garantía de que, al menos, el ascenso fascista no iba a ser tan sencillo como en Alemania o Italia. Además de poder pensar en la posibilidad de tomar la iniciativa y transformar una posición defensiva ante la reacción y otra cuya finalidad sería la construcción de una sociedad revolucionaria.
El fracaso de las dos insurrecciones anarcosindicalistas, de enero y diciembre, de 1933, dio paso a la reflexión en importantes sectores de la CNT y la FAI. Durante los primeros meses de 1934 se abrió un debate sobre la capacidad del anarquismo español para hacer, con sus únicas fuerzas, la revolución en España o atajar el peligroso rumbo pro-fascista que había adoptado la política nacional tras el ascenso electoral de la CEDA. La importancia del papel que tuvo Orobón estuvo en que el artículo que publicó, a fines de enero de 1934 en el periódico madrileño La Tierra, proporcionó argumentos a los defensores de llegar a acuerdos con los socialistas y sirvió de catalizador por el prestigio con el que contaba el vallisoletano. No fue el único que dedujo de los fracasos de 1933 la necesidad de llegar a acuerdos con los otros sectores proletarios, pero sí fue de los primeros que interpretó que era una aspiración de un importante número de afiliados tanto de la CNT como de la UGT.
Fue su propuesta aliancista la que lo llevó a la cárcel en marzo de 1934. Un año de prisión terminó por quebrantar su débil estado de salud. La tuberculosis puso fin a su vida unas semanas antes de que pudiera ver, cómo sus planteamientos se hacían realidad en las jornadas de julio de 1936. Su figura fue tomada como modelo y ha perdurado en la imaginería colectiva del anarquismo hispano hasta la actualidad. En estas fechas en las que se cumple el centenario de su nacimiento, no es un hecho baladí recuperar su figura. Con un mejor conocimiento de ella, con la reedición de parte de su obra, podremos tener una visión más completa de la España del primer tercio del siglo XX. Las décadas que finalizaron con la derrota de quienes pensaban que era posible romper el tiempo que les había tocado vivir. Lo lograron durante un corto periodo, después fueron vencidos y todos, demócratas comunistas y fascistas, se apresuraron a borrar cualquier rastro de su existencia. Con su desvanecimiento, lo hizo también una pieza clave para componer el rompecabezas de nuestro pasado más reciente.
No sería justo terminar esta introducción sin hacer expresa mención de quienes me han proporcionado la ayuda necesaria para que este trabajo llegara a buen fin. Antonia Fontanillas sin cuyo ánimo, perseverancia, constantes envíos de materiales, no hubiera terminado por decidirme a afrontar la vida y obra de Valeriano Orobón. Este libro debe tanto o más a ella que a mí mismo. Ester Martínez y Felipe Orobón. La primera, cuñada de Valeriano, me proporcionó valiosos datos, pero sobre todo su gran ánimo a pesar de las dolorosas circunstancias por las que pasaba. Su hijo Felipe ha seguido los pasos de su tío. Por esas casualidades, que no lo son tanto, ha seguido sus pasos, es traductor y vive en Alemania. Gracias a él este libro contiene un folleto no traducido al español de Orobón. Se ha encargado de traducirlo con el cariño y cuidado de quien se sabe depositario de un importante legado. Como Vicente García que facilitó interesantísimas informaciones sobre Hilde y nos puso en la pista de Ester. Kees Rodenburg, del Instituto Internacional de Historia Social de Amsterdam, no sólo me ha atendido eficazmente a cuantas peticiones le realicé, sino que me proporcionó la correspondencia de Valeriano con Max Nettlau y Rudolf Rocker que ha sido una fuente insustituible.
No sería tampoco agradecido si olvidara las ayudas que me han proporcionado Carlos Orobón Álvarez, Ignacio Soriano y Manuel Carlos de la Fundación Anselmo Lorenzo, Eric Jarry, Rolf, Josetxo Fernández de los Arcos, Luis Fernández Colorado, Miguel Íñiguez y Helenio Molina. Todas sus aportaciones, sugerencias, materiales me han servido de mucha ayuda. Igualmente el personal de los distintos archivos que he consultado siempre me ha tratado con amabilidad y esforzado por proporcionarme toda la ayuda que le ha sido posible. En especial las atenciones que me dispensaron, durante el asalto perpetrado en pleno mes de agosto y con las prisas que suelen acompañar a los investigadores, la señora Ana Feijoó, directora del Archivo Municipal de Valladolid, el personal de la empresa ARCAL S.A., que custodia sus fondos y el de la hemeroteca del diario El Norte de Castilla.
Finalmente, agradezco de corazón el interés que han mostrado los editores, en especial a Jesús Sáinz el primero en mostrar interés por recuperar la figura de Valeriano Orobón, para la publicación de este trabajo.
José Luis Gutiérrez Molina