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PRIMER CONGRESO OBRERO ESPAÑOL. BARCELONA 1870.

Francisco Cea García asiste como representante de la sección local de la AIT de Valladolid y de sociedades vallisoletanas ( tejedores, sastres, zapateros, sombrereros, tipógrafos ) con 448 socios al congreso obrero de Barcelona (1870).

Grupo Memoria libertaria Valladolid
Martes 24 de febrero de 2009


El Proletariado Militante (Memorias de un internacionalista) de Anselmo de Lorenzo

CAPÍTULO UNDÉCIMO

CONGRESO DE BARCELONA

Convocatoria

Estábamos en pleno apogeo: habíamos lanzado un manifiesto que fue regularmente acogido; teníamos un periódico que nos proclamaba miembros de La Internacional; habíamos reñido batallas con los economistas burgueses y contrarrestábamos cerca de los trabajadores la influencia de los republicanos; nuestro número había aumentado hasta sernos posible alquilar un gran local en la calle de las Tabernillas; cada dificultad fue para nosotros ocasión de un triunfo, y no hubo deseo que no fuera seguido de realización. Con todo eso en nuestra hoja de servicios, y pensando que pararse es perecer, nos echamos a buscar en qué emplearíamos aquel hormigueo de actividad que nos bullía en la masa de la sangre. Mora dió con la idea.

- Necesitamos celebrar un Congreso, dijo.
- ¡Un Congreso! repetimos. Yo no puedo saber lo que sentirían mis amigos presentes; por mi parte puedo asegurar que sentí escalofríos, se me enturbiaron los ojos con un golpe de agua y la voz se me anudó en la garganta, cosa que por lo visto es la manera fisiológica con que sobre mi pobre persona obra el entusiasmo, según recuerdo que me ha sucedido otras veces que he sentido entusiasmos de esa clase. Y no era para menos, porque con aquella imaginación que destruye las distancias, agolpa multitudes, aplana las montañas, ilumina los abismos y embellece cuanto abarca, ví una asamblea ante la cual era niño de teta comparado con un gigante aquella de que trata Volney en sus famosas Ruinas de Palmira.

Formulada la idea, su ejecución le seguía lo más cerca posible. Pocos días después se leía en lugar preferente en La Solidaridad:

A LOS OBREROS ESPAÑOLES

Compañeros: En la Asamblea general celebrada el 14 de Febrero de 1870, se aprobó por unanimidad la siguiente proposición:

Considerando que las numerosas adhesiones recibidas de provincias, hacen concebir la grata esperanza de que muy en breve se extenderá la Asociación Internacional de los Trabajadores por toda España, siendo esta la señal de la pronta y segura emancipación de la clase trabajadora; que este mismo incremento, bueno bajo tantos conceptos, es causa de que el Comité central provisional de España en Madrid se encuentre agobiado por un trabajo superior a sus fuerzas; que debiendo en lo posible tender a que sea igual el desarrollo de todas las secciones internacionales, es precisa la federación de las mismas, bajo las bases que ellas establezcan: teniendo en cuenta estas razones, pedimos a la asamblea apruebe la siguiente proposición:

1° Se invita a todas las sociedades de trabajadores, constituidas o en proyecto, adheridas o no a La Internacional, pero que estén conformes con sus Estatutos generales, a la celebración de un Congreso obrero nacional.

2° El Congreso tendrá lugar en Madrid el primer domingo de Mayo del año actual en el Círculo de La Internacional.

3° Cada sociedad podrá mandar un delegado por cada 500 miembros de que se componga, elegido por mayoría de votos en asamblea general. Si una sociedad no contase 500 miembros en su seno, podrá mandar un delegado, cualquiera que sea su número.

Dos días antes de la celebración del Congreso se constituirá un Comité para recoger los nombres y mandatos de los delegados, etc.

Seguía el orden del día y una excitación apremiante dirigida a los trabajadores para que comprendieran bien la importancia del asunto y le dedicaran activa y entusiasta cooperación.

Los amigos de Barcelona se apresuraron a hacernos observar por carta y en términos cariñosos que habíamos cometido una ligereza; que un congreso obrero en Madrid habría de resultar un fiasco en razón a que no existían sociedades en el centro de España y que las catalanas no podrían concurrir por lo costoso que les resultaría.

Por eso, al reproducir en La Federación la convocatoria antes citada, después de algunas frases de aprobación, le pusieron la siguiente coletilla: Creemos, no obstante, que la fijación del lugar donde ha de celebrarse este Congreso, debería acordarse definitivamente después de haber dado su parecer los centros federales o agrupaciones obreras que hay en la península, para hacer de modo que produzca todos los notables resultados que ha de producir este Congreso obrero, al que debemos cooperar todos con todas nuestras fuerzas.

El resultado fue inmediato. En La Solidaridad se publicó el siguiente aviso:

IMPORTANTE En la asamblea general verificada el 13 de Marzo de 1870 por la Sección internacional de Madrid se acordó, teniendo en cuenta las justas observaciones de los Centros federales de las sociedades obreras de Barcelona y Baleares, revocar el acuerdo tomado por la misma que designa a Madrid como punto de reunión del Congreso Obrero nacional que debe verificarse el primer domingo de Mayo próximo.

En su consecuencia, se invita a todas las asociaciones obreras a que emitan su voto respecto al punto donde deba verificarse dicho Congreso. Al efecto remitirán su voto a los periódicos obreros: La Federación, de Barcelona; El Obrero, de Palma de Mallorca, y La Solidaridad, de Madrid.

El resultado de aquella votación fue el que debía ser, quedó designada Barcelona para la celebración del Congreso, y su fecha el 19 de Junio.

La idea del Congreso en abstracto y en conjunto nos dominaba por completo, y no cuidándonos de descender a ciertos detalles, ni aun a los más importantes, ni siquiera habíamos fijado nuestra atención en quiénes y cuántos habrían de ser los delegados.

Por mi parte puedo asegurar que tan lejos me hallaba de toda ambición y hasta del más insignificante utilitarismo, que si se me hubiese consultado antes de la elección si aceptaría o no la delegación me hubiera avergonzado de fijar la atención de quien quiera que fuese para tal objeto, pensando con sencilla y natural modestia que cualquiera sería más indicado que yo.

La asamblea convocada para el nombramiento de delegación fue, pues, bien libre y hallóse exenta como pocas de todo género de sugestión, imponiéndose únicamente los méritos, los antecedentes y las aptitudes individuales. . Correspondiendo cuatro delegados al número de dos mil y pico de socios de que constaba la sección, casi por unanimidad, salvo algún nombre aislado que obtuvo escasos votos, fueron nombrados Tomás González Morago, Francisco Mora, Enrique Borrel y Anselmo Lorenzo.

Acto de buen sentido a la par que de justicia resultó esta elección, puesto que la candidatura votada se componía de los que con su inteligencia, su constancia y su actividad habían comprendido el pensamiento dominante en La Internacional y lo habían difundido, sostenido y adaptado con su iniciativa al modo de ser de los trabajadores españoles, y a los maestros en el saber y en el obrar correspondía de hecho, no ya la representación de los trabajadores iniciados y constituídos, sino la continuación de la obra en límites más extensos. Creyóse que los que tanto habían conseguido en la localidad se mantendrían a la misma altura respecto de la nación.

Por causa individual justificada no asistí a la asamblea de la elección; pero supe la noticia por la noche en el Café Imperial, donde recibí las felicitaciones de los compañeros y experimenté la sorpresa propia de mi ingenua sencillez y las sensaciones consiguientes a distinción tan honrosa y a mi manera peculiar de sentir.

En nuestra entusiasta impremeditación no habíamos contado con la huéspeda: el viaje a Barcelona, la estancia allá y la equivalencia de nuestro jornal para sustento de nuestras familias durante nuestra ausencia subía a una cantidad respetable, y lo cierto era que no había de donde echar mano: los ingresos de la sección y los gastos de local, periódico y otros nos hacían andar escasísimos; por tanto la situación era apurada y corríamos inminente riesgo de, siendo los iniciadores del Congreso, quedarnos con nuestro nombramiento de delegado en el bolsillo; pero las iniciativas de unos, la generosidad de otros y la alegre grandiosidad de todos eran fuerzas capaces de trasladar montañas, cuanto más de vencer dificultades pecuniarias de semejante cuantía. ¡De otro modo andarían los asuntos obreros si aquella situación moral hubiese progresado debidamente en extensión e intensidad!

Una noche, mejor diré, una madrugada, que nos retirábamos del Centro de la calle de las Tabernillas después de dejar corrientes las pruebas de La Solidaridad, íbamos los cuatro delegados y algunos otros compañeros discutiendo sobre el tema de los recursos para la representación al Congreso, cuando al llegar a la calle Mayor, a la entrada de la de Bordadores, por donde habiamos de pasar, puesto que todos vivíamos en la parte Norte de la población, se nos ocurrió sentarnos en medio de la calle para ver si aquel reposo y aquella soledad nos inspiraban. En efecto, la inspiración acudió al conjuro: uno apuntó la idea de la conveniencia de escribir a los compañeros de Barcelona, dándoles cuenta de nuestros apuros, y aunque otro objetó que parecería mal que habiendo tomado nosotros la iniciativa de la celebración del Congreso resultásemos tan pobres que ningún delegado siquiera podíamos enviar, y otros repitieron tímidamente la misma pesimista observación, otro replicó que lo único malo que podía suceder era que la Sección Internacional de Madrid, la verdaderamente internacional, la que recibió la inspiración directa de Fanelli, dejase el campo libre al societarismo enervante, a la sugestión cooperativa y a las preocupaciones y resabios políticos. Si nosotros no tenemos dinero es probable que los buenos compañeros de Barcelona lo tengan, y si juzgan necesario nuestro concurso para el buen éxito del Congreso, no se les ocurrirá ser mezquinos a última hora. Todos dimos nuestro asentimiento y quedó aprobado, y nos disponíamos a retirarnos cuando se acercó el sereno a meter su partícula de autoridad en aquella especie de oasis de libertad.

- ¿Qué se hace aquí? -preguntó.
- Tomar el fresco, respondimos, y nos retiramos tranquilos y confiados.

El recurso dio fruto al primer intento. Una carta aceptando nuestra indicación y una letra de 200 pesetas por primera providencia fue la contestación de Barcelona, y como el tiempo apremiaba al día siguiente emprendimos la marcha.

Inmensa alegría, grandes esperanzas, casi mística veneración a la idea que nos animaba y a la misión de que nos considerábamos encargados, tales eran los pensamientos y sentimientos que nos animaban al traspasar por primera vez en nuestra vida los límites del horizonte madrileño. Jamás conquistador triunfante tuvo sensaciones análogas a las nuestras a la vista sucesiva de nuevos panoramas, porque si como expresión suma de la soberbia de uno de ellos pudo decir el poeta

vase ensanchando Castilla al trote de mi caballo

nosotros creíamos borrar fronteras, confundir clases, destruir privilegios e ir ganando para la justicia aquellas tierras que se deslizaban rápidamente ante nosotros.

Puso el colmo a nuestra alegría la recepción cariñosa que nos hicieron los compañeros de Barcelona. Abrazos, apretones de mano, frases rebosantes de fraternidad y entusiasmo, y por parte de todos un sentimentalismo dispuesto a conceder el valor de oro puro aun a lo que no excediese del que ordinariamente puedan tener los cumplidos convencionales; todo abundaba en aquella estación de la línea de Zaragoza a nuestra llegada a la ciudad sede del primer Congreso obrero español.

Desde la estación fuimos acompañados por numeroso séquito de trabajadores al Ateneo Obrero, situado en la calle de Mercaders, a la sazón lleno de buenos compañeros que nos saludaron cordialmente.

Allí estaba Rafael Farga y Pellicer, iluminando aquella secretaría con el brillo de su mirada, alegrándola con la candidez de su sonrisa, animándolo todo con su inteligente y constante actividad.

Quien como nosotros a la sazón conociera a Farga únicamente por la correspondencia y por los efectos del prestigio que había llegado a adquirir, necesariamente había de sufrir un desengaño al verle: aquel incesante trabajo de organización y la pureza de criterio con que exponía y conservaba el ideal revolucionario, parece que se hallaba en desacuerdo con aquel tipo en que dominaba la gracia infantil, cierta elegancia artística espontánea y la amabilidad y la bondad más seductoras. Era de estatura regular, cuerpo bien conformado, rostro sonrosado, barba y cabellos rubios, voz bien entonada y dispuesta a las modulaciones necesarías para expresar bien cuanto pensaba y sentía y un lenguaje original, sobre todo cuando hablaba castellano, en que abundaban los neologismos que inventaba con suma facilidad y propiedad para caracterizar mejor lo que quería expresar. Un fuerte abrazo selló nuestra amistad y confraternidad en la idea.

Con Farga, y formando aquel grupo de la Alianza de la Democracia Socialista que tenía clara videncia del ideal y conocimiento perfecto de las fuerzas y de los medios de que había que echar mano, formando así un conjunto en que se harmonizaba lo presente y lo futuro, se hallaban Herrán, Soriano, Sentiñón, Viñas, Rius, Hugas y Menéndez, no todos consecuentes luego con sus principios, pero a quienes, por la obra entonces realizada, debe el proletariado español la gloria de haber fijado el ideal, el objetivo positivo de modo tal que permanece fijo e invariable y síempre a la altura de cuanto más racional y más radical han alcanzado los trabajadores de otros países.

En la sesión preparatoria celebrada en el Ateneo la noche del 18 de Junio se aprobaron las actas de los delegados presentes, se acordó la forma de la inauguración del Congreso, aprobando lo hecho por la comisión encargada de la misma, y se adoptó el siguiente orden de trabajos.

1° Los delegados darán cuenta del estado de las secciones o sociedades que representen.

2° Sociedades y cajas de resistencia. Su federación.

3° La cooperación. Su presente y su porvenir.

4° Organización social de los trabajadores.

5° Actitud de La Internacional con relación a la política . 6° Proposiciones generales.

CAPÍTULO DUODÉCIMO

CONGRESO DE BARCELONA

Inauguración

El domingo 19 de Junio de 1870, en el Teatro del Circo de Barcelona, a las diez y media de la mañana, inauguró sus sesiones el primer Congreso obrero español, con asistencia de un centenar de delegados de Andalucía, Valencia, Aragón, ambas Castillas y gran mayoría de Cataluña, no siendo posible mayor representación por falta de tiempo, medios, y, sobre todo, de organización.

Los delegados ocupaban las primeras filas de butacas, y todas las demás localidades se hallaban atestadas de trabajadores de ambos sexos, estando además llenos los pasillos y aun agolpándose la gente a la entrada por la imposibilidad de hallar sitio para todos.

Habían acudido los trabajadores agrupados y como en manifestación por sociedades y aun por talleres y fábricas, atestiguando así la consideración y respeto que les inspiraba el grande y trascendental acto que iba a realizarse.

La presidencia estaba en el centro del escenario. Detrás ostentábase artístico grupo de banderas, en cuyo centro dominaba un estandarte rojo con el lema en letras doradas y bien legibles No más derechos sin deberes, no más deberes sin derechos, simbolizando las antiguas y decrépitas naciones en disposición de convertirse en una sola entidad regida por la justicia. A ambos lados se habían colocado grupos de herramientas en representación del trabajo. A los extremos del proscenio, a cada lado, había una mesa para los secretarios y delante hallábase la tribuna para los oradores. Finalmente, en el sitio de la orquesta había mesas para los periodistas y taquígrafos.

Momentos de expectación solemne: la sala rebosando vida, esperanzas, ilusiones, consuelos y cuanto moralmente anima lo presente y da vida a lo porvenir, y el escenario desierto.

A la hora señalada preséntase solo Rafael Farga, acércase a la mesa, hace virar un timbre, establécese un silencio profundo y pronuncia estas hermosas y conmovedoras palabras:

Compañeros delegados: Vosotros los que os congregáis aquí para afirmar grande obra de la Asociación Internacional de los Trabajadores, la que contiene en sí la emancipación completa del proletariado y la extirpación absoluta de todas las injusticias que han reinado y reinan sobre la haz de la tierra; los que venís a fraternizar con los millones de obreros, esclavos blancos y negros que bajo su rojo pendón se cobijan; queridos hermanos, en nombre de los trabajadores de Barcelona, ¡paz y salud! .. . Formidable trueno de aplausos interrumpe al orador. Los delegados, en pie y vueltos al público, visiblemente conmovidos, saludan y aplauden también, y por unos momentos siente aquella multitud las plácidas sensaciones de la felicidad.

Limítome a consignar las ideas más culminantes del discurso de bienvenida:

El derecho, el deber y la necesidad, prosigue el orador, nos reunen aquí para discutir los problemas de la economía social … La emancipación de los trabajadores ha de ser obra de los trabajadores mismos, dicen los estatutos de La Internacional, afirmación fundada en el hecho de que no hay institución ni clase social alguna que por la obrera se interese; todas las que del monopolio y de la explotación viven, sólo procuran eternizar nuestra esclavitud … El capital es el gran tirano que gobierna las sociedades presentes. No hay otra cuestión verdaderamente de fondo en la humanidad que la tremenda lucha entre el capital y la pobreza, entre la opulencia y la miseria … El Estado es el guardia y el defensor de los privilegios que la Iglesia bendice y diviniza, y lo único que nos resta a nosotros, pobres víctimas del desorden social presente, es, cuando lo tenemos, el salario, fórmula práctica de nuestra esclavitud … Queremos que cese el imperio del capital, del Estado y de la Iglesia, para construir sobre sus ruinas la Anarquía, la libre federación de libres asociaciones de obreros.

Mientras hablaba Farga, presentáronse en el escenario los compañeros destinados a completar la ceremonia de la inauguración. Francisco Tomás, delegado de la sección Internacional de Palma de Mallorca, y Tomás González Morago, de la de Madrid, hablaron después, dirigiendo análogo saludo y exponiendo las mismas ideas, con gran contentamiénto y aceptación del público; y pasó a ocupar la presidencia Andrés Bastélica, emigrado francés y representante de varias sociedades francesas.

Leyóse una comunicación del Comité federal de La Internacional de Suiza, en la que se consignan estos pensamientos:

La política, la religión y los gobiernos han sido creados por nuestros amos, burgueses, curas y reyes, para mejor dominarnos, para mejor sojuzgamos, para debilitamos, dividiéndonos en partidos.

Creedlo, hermanos de España, si la grande causa del trabajo debe un día dominar el mundo y transformar la sociedad, es necesario que, en cumplimiento de uno de nuestros más superiores deberes, rechacemos absolutamente todo lo que hoy se llama política.

No debemos ocuparnos de República nacional, de República europea, de Estados Unidos de Europa … Si tocamos siquiera con la punta del dedo esta organización actual de los gobiernos; si prostituimos nuestro corazón y nuestra honradez luchando por ellos o contra ellos en su terreno, la política; si no nos constituimos como trabajadores fuera del Estado, pasarán los años esperando en vano nuestra emancipación.

En otra comunicación del Consejo general belga de La Internacional, se hallan los siguientes párrafos:

Antes de la creación de La Internacional muchos eran los hombres generosos que habían consagrado todos sus esfuerzos a la fraternidad humana, y sin embargo, fracasaron todos, porque, más o menos impregnados de ideas místicas, se contentaban con apelar a los sentimientos generosos, sin tener en cuenta que un sistema social no puede fundarse sobre los sentimientos, sino sobre la armonía de los intereses.

Penetrados de la idea de que no puede obtenerse reforma social alguna verdadera sino dando satisfacción a los intereses del trabajo, hemos debido romper con todos los metafísicos de la política y con sus sermones sentimentales; hemos renunciado a toda esperanza de mejoramiento proveniente de un cambio de gobierno, y hemos tomado por línea de conducta la abstención en materia política. Consideramos todos los gobiernos igualmente despreciables, de modo que pedir a los obreros que se pronuncien por tal o cual forma de gobierno, es preguntarles por cuál de los gobiernos prefieren ser asesinados.

Hubo un tiempo en que todas las aspiraciones del pueblo se resumían en la palabra República. Al grito de ¡viva la República! los revolucionarios de las pasadas épocas derribaron tronos y altares, arrostrando peligros, desafiando a la muerte y haciendo todo género de sacrificios. ¡Sombras de los héroes que del 92 al 69 cubristeis con vuestros cadáveres los campos de batalla de Europa; que en las guerras civiles de España preferisteis la guerra al despotismo; que en las reivindicaciones de Italia os habéis consumido en los infectos calabozos austriacos; que en las jornadas de 1830 y de 1848 luchásteis gloriosamente en las barricadas: todos los que en los tres cuartos de siglo pelearon, sufrieron y murieron por la República, levantaos, y ved a qué ha quedado reducido vuestro ideal; ved el espectáculo que ofrece la gran República de los Estados Unidos que nos citan como modelo! No tienen rey ni emperador, pero tienen las grandes compañías, los reyes del oro, del hierro, del algodón … (1). Y si se nos dice que la falta está en el mercantilismo y no en la República; ved si los republicanos son capaces de desarraigar uno solo de los monstruosos abusos que bajo la dominación del capital ahogan imperios, monarquías y repúblicas.

Estas comunicaciones, inspiradas en el más puro criterio revolucionario, y cuya extensión no permite insertarse íntegras, fueron recibidas con aplausos, a pesar de la preocupación política de algunos delegados y de parte del público.

El presidente Bastélica dirige la palabra al Congreso y a la concurrencia. Era este joven, ilustrado y entusiasta, de mirada chispeante, voz bien timbrada y con movimientos rápidos y enérgicos, a la vez que reveladores de una educación distinguida. Gozaba fama de agitador, y tenía la honra de haber sido perseguido por las autoridades despóticas del imperio, lo que le obligó a salir de Marsella y refugiarse en España.

Estas circunstancias le dieron por un momento un realce extraordinario, hasta el punto de electrizar al auditorio y conmoverle profundamente. Por desconocimiento del español, se expresó en francés, con vehemencia, pasión y arte. Herrán traduce a continuación el discurso:

Trabajadores españoles: En nombre de la solidaridad universal tomo asiento en este Congreso de la región española delegado por los trabajadores franceses afiliados a La Internacional; en nombre de esa misma solidaridad universal me habéis otorgado el honor de presidir esta sesión solemne; os lo agradezco cordialmente. La unión de los pueblos debia verificarse por la Asociación Internacional de los trabajadores; se ha verificado ya; lo atestigua mi presencia en este Congreso.

La síntesis de su discurso resultó la censura razonada y la negación enérgica del Estado, de la Iglesia, del privilegio y de las fronteras, para constituir el ideal de la gran familia humana, viviendo libre y feliz en el régimen de la Anarquía. Terminando con estas palabras:

Al terminar, propongo un ¡viva la Asociación Internacional de los Trabajadores!

En las actas que tengo a la vista se lee a continuación esta nota: (Unánimes y entusiastas vivas resuenan en el coliseo, lleno completamente de obreros y obreras).

Suspendida la sesión por causa de la hora de la comida, y reanudada por la tarde con no menor concurrencia del público y asistencia de todos los delegados, se presentó y aprobó por aclamación unánime la siguiente proposición:

Al Consejo general de la Asociación Internacional de los Trabajadores.

El Congreso regional español de trabajadores acepta completamente y en toda su pureza los Estatutos generales y acuerdos de los Congresos obreros universales de la Asociación Internacional de los Trabajadores, a la cual se adhiere, acordando enviar al Consejo general, como representante de todas las secciones del mundo, un cariñoso y fraternal saludo. R. Farga Pellicer.- E. Borrel.

Dado en Barcelona, local del Congreso Obrero Español en 19 de Junio de 1870.- El presidente de la sesión, A. Bastélica.

En cumplimiento del orden del día, los delegados dan cuenta del estado de las sociedades que representaban. Este punto lo interpretaron la mayoría de los delegados por exposición de las penalidades propias de su oficio, del género de explotación a que cada cual se hallaba sometido y aún de la miseria especial de la localidad de su residencia, y juzgando útil su extracto literal, aunque conciso, del mismo, lo expongo a continuación:

Bové, delegado de los hiladores, jornaleros y tejedores mecánicos de Barcelona:

Los trabajadores de las clases de vapor de Cataluña estamos esclavizados desde las cinco de la mañana hasta horas avanzadas de la noche … En Reus, por ejemplo, donde se levantan fábricas de primer orden, los trabajadores sufren atrozmente, sujetados a trabajar muchas horas por un escaso jornal … En Valls, trabajan las mujeres catorce o quince horas por 8 o 10 miserables pesetas … En Manresa y sus cercanías se trabaja a veces hasta diez y ocho horas diarias por 8 reales de jornal … En Villanueva, Martoreu y Sallent, se ha mejorado algo la situación, merced a la constancia en la asociación.

Rabassa, de los zapateros de Barcelona:

Cuando veo que somos una colectividad de esclavos que nos arrastramos por esta miserable tierra, y al toque de una campana nos metemos más bien en mazmorras que en talleres, o bien salimos de éstos para descansar en mezquinos jergones, no puedo menos que sentir indignación.

Nuet, de los cerrajeros de Barcelona:

Hay cerrajeros que trabajan doce y catorce horas diarias. Nosotros tenemos la desgracia que no experimentan otros oficios, consistente en la imposibilidad de aprender nuestro oficio hasta después de muchos años, pudiendo decirse que morimos siendo aprendices. Cuatro años de sufrimientos inauditos representa el aprendizaje, que no acertaré a decir si son de cárcel, de deportación o de qué.

Sans, de los hiladores, jornaleros y tejedores mecánicos de Barcelona :

Yo, que he recorrido presidios de esclavos blancos y vivo en ellos, sé lo que son penalidades. Oprime tener que manifestaros que nuestros hermanos están obligados a soportar once, diez y seis o diez y ocho horas de trabajo.

Gras, de los marineros de Barcelona:

La clase marítima es la más desheredada. En nuestros primeros años ingresamos y quedamos ligados por toda la vida. Somos esclavos en la matrícula de mar. Nosotros tenemos semanas de uno o dos años: hacemos el viaje, ganamos salario y depositamos nuestra confianza en el capitán para que nos mantenga; de esto resulta que cuando en alta mar nos encontramos, el capitán, el hombre que hemos adoptado como padre, nos escatima la comida, destinándonos malos comestibles … Después de un largo viaje permanecemos cierto tiempo con nuestras familias, y como los frutos del viaje han sido escasos, después de pagadas las deudas contraídas por las familias, solicitamos de nuevo trabajo, que solemos hallar cada vez en peores condiciones.

Franquesa, de los naiperos de Barcelona:

Obreros: al contemplar hoy por primera vez al Congreso regional español, yo, que por tanto tiempo me he visto envilecido por los carnívoros explotadores, me siento regenerado.

Farrés:

Yo soy representante de la clase de vapor de Barcelona, clase triste y lamentable, porque los burgueses han declarado a los hombres inútiles para el trabajo, y les han sustituído por mujeres y niños. Téngase esto en consideración, porque sólo el hombre es útil para el trabajo y no la mujer. Los hombres no sabemos qué hacer, pues que no hemos nacido para robar, sino para trabajar.

Grases, de los tejedores de Reus:

La corporación que represento sufre la explotación mas penosa que pueda imaginarse.

Cea, tipógrafo, de la Sección Internacional de Valladolid:

Los trabajadores de Valladolid se encuentran en una situación tan precaria como todos los de España.

Mora, zapatero, de la Sección Internacional de Madrid:

Es imposible formarse idea de lo que en Madrid pasa, de lo que en Madrid se sufre; allí ocurre lo que no ocurre en provincias. Pervertidas las clases superiores y cundiendo en ellas la mayor inmoralidad, tratan de extender e infiltrar esa misma perversión entre los trabajadores. Allí no hay más que ambición, y por lo mismo no se hace otra cosa más que preparar el terreno para el medro personal, haciendo sufrir horriblemente a los obreros y pretendiendo tenernos como esclavos.

Vaus y Villaplana, de los tejedores de Alcoy:

Mucho tiempo hemos estado sufriendo; hasta hoy el patrimonio del obrero ha sido la miseria y la fatiga; todo por haberse fiado de los que le explotaban.

Larguísima sería esta recopilación de notas si hubiera de recoger todo lo que en las actas del Congreso consta exponiendo dolorosas quejas. Basta con lo expuesto para formarse idea de la situación de los trabajadores españoles en el momento de presentarse como la aurora de la esperanza la gran diosa y salvadora asociación.

Muchos delegados expusieron los trabajos de organización, efectuados por sus comites, y algunos presentaron notas de verdadero valor histórico, de que prescindo por no corresponder al plan que vengo desarrollando.

Así fue aquella memorable inauguración. La iniciación revolucionaria del Proletariado Militante español quedaba consumada. A partir de aquel momento, los partidos, las religiones, las sectas, pudieron tomar nota de que los trabajadores les retiraban su concurso para dedicarse a luchar por una idea nueva que era una gran verdad antes desconocida, y para conseguir un ideal que era la realización práctica de aquella justicia buscada en vano por las generaciones precedentes.

Grandioso acto, glorioso día en que quedó fija, indestructible y como promesa infalible la seguridad de la emancipación obrera, hagan y digan cuanto quieran los que mandan, los que explotan y los que engañan.

Los privilegiados, que, en su afán de monopolio, pretenden hasta hacerse dueños del movimiento que rige la vida, y del tiempo en que se desenvuelve el progreso; lo mismo que los escépticos, que niegan el poder de la verdad y se burlan de las reivindicaciones de la justicia, no pueden ya levantar la voz para imponer sus errores, por más que les apoyen la rutina y la fuerza; ni les servirá tampoco de argumento el fracaso de cuanto en materia religiosa, filosófica o política tuvo un día aspecto revolucionario, porque ahí está el Proletariado Militante que anula el Decálogo de Moisés, el Sermón de la Montaña de Jesús y la Declaración de derechos del hombre y del ciudadano de la Convención con esta sencilla fórmula: Pas de devoirs sans droits; pas de droits sans devoirs. No hay deberes sin derechos; no hay derechos sin deberes.

Y esta fórmula, si difícil y costosa de imponer a la sociedad, se impondrá, al fin, y no fracasará, no defraudará ninguna esperanza.

Ahí está como garantía ese mismo Proletariado Militante que se lanza a la conquista de la justicia y no quiere el privilegio ni aun en beneficio propio.

Notas (1) Véase cómo cerca de treinta años antes de la guerra de España con la República norteamericana, cuando todavía la burguesía española ensalzaba hasta la exageración la República Modelo, ya estaban los trabajadores conscientes y revolucionarios enterados de las maldades que en el seno de aquella se cobijaban. Por lo mismo acogieron estos con desprecio la exageración contraria en que cayeron los burgueses cuando calificaban de tocineros a los ciudadanos de los Estados Unidos.

CAPÍTULO DÉCIMO TERCERO

CONGRESO DE BARCELONA

Resistencia

DICTAMEN DE LA COMISIÓN SOBRE EL TEMA DE LA RESISTENCIA

Observando las bases fundamentales sobre que descansa la presente organización social, vemos que no son otras que la desigualdad, el privilegio, la usurpación; en una palabra, la injusticia.

El Progreso, en su marcha, unas veces apresurada, lenta otras, pero siempre continua, nos ha dado el completo conocimiento de nuestra personalidad, demostrándonos que los hombres son iguales ante las leyes de la naturaleza; iguales en absoluto en sus derechos, y como consecuencia lógica e inevitable absolutamente iguales en deberes.

Abramos ese gran libro social que se llama organización, donde se hallan inscritos cual en un libro de caja el debe y el haber de los derechos y deberes sociales, y veremos que justamente los individuos inscritos en el primero se hallan ausentes en el segundo.

Precisamente aquellos que continuamente cumplen con sus deberes son los que no tienen ningún derecho, lo cual prueba la usurpación que una parte de la sociedad hace a la otra; pero el mal no termina aquí; lo que más hace imposible la continuación de la sociedad actual en su organismo, es que no solo esa parte de la sociedad no goza de sus derechos, sino que además del cumplimiento de sus deberes, pesa sobre ella el cumplimiento de los deberes de los demas. Bajo el punto de vista de la Justicia, que es donde debemos mirar siempre las cuestiones sociales, probado está que las leyes que guían la actual sociedad son injustas.

Estudiemos la presente organización social en sus instituciones, y al examinar la familia, la religión y el Estado, y las que de estas tres se derivan, nos explicaremos ese malestar continuo, esa inseguridad permanente del mañana, esa abstracción de los sentimientos naturales, esa negación de la dignidad humana, es falta completa de libertad, esa fraternidad mentira, y por último la desigualdad más completa imperando por doquiera y siendo el principio que normaliza y regula la conducta de la sociedad en su organización de hoy. Si la familia, si la religión, si el Estado que constituyen el tripode sobre que se mueve esta mascarada universal que llamamos sociedad, son falsas, son mentira, son injustas, ¿podrán ser nobles, podrán ser verdaderas, podrán ser justas las que no son otra cosa que consecuencias derivadas de éstas, formando todas juntas el fárrago inmundo de sarcasmós lanzados contra la humanidad misma que se llaman leyes? De ese cúmulo de injusticias nace la zozobra general que sentimos y de la que principiamos a darnos cuenta. De ahí proviene esta necesidad permanente de revoluciones en dirección opuesta y sentidos contrarios. He ahí el germen que da la vida a ese tropel de ideas que las unas tienden a conservar este estado de cosas, y con él el privilegio vinculado en la clase media, y las otras, que principiando a conocer las causas que producen el orden actual luchan y se afanan por la Revolución cuyo fin sea la existencia vigorosa de la Justicia. Las primeras tienen por armas ofensivas, en principio, la fuerza bruta, la ciencia sofisticada y el capital con todos los privilegios existentes que son sus atributos esenciales, según la organización que pesa sobre la gran masa social; y como armas defensivas, las leyes y la ignorancia del mártir de la sociedad actual, el proletariado, no teniendo éste a su vez otra arma ofensiva ni defensiva que el trabajo.

Audaces y osados los favorecidos del privilegio, quieren hacernos creer que sus fuerzas son superiores a las nuestras. Luchan y se afanan por convencernos del derecho y del poderío del capital y de la debilidad y los deberes del trabajo; pero los que hemos visto y vemos continuamente a esas clases obscureciendo la verdad con el sofisma, la razón con la fe, la igualdad con el privilegio, vemos también que con cinismo y descaro intentan apagar el rayo de luz que en nuestra mente empieza a brillar con la ciencia que la sociedad ha vinculado en esas clases colocándola enfrente de nuestra forzada ignorancia; pero convencidos de la existencia de estas intenciones, debemos examinar por nosotros mismos la cuestión, y resolver sin tener en cuenta para nada los habilidosos sofistas que, vestidos con disfraz de razón, nos oponen sin cesar. Ahora bien, de nuestro detenido examen deducimos, que la fuerza bruta, puesta a disposición de nuestros enemigos, sale del seno de las masas, del trabajador; que la ciencia, a la cual tenemos el mismo derecho que ellos, pero derecho que la sociedad nos niega, quedaría reducida a simple teoría sin el inmediato concurso del trabajo. El capital no existiría, no existe, ni existirá si el trabajo no lo hubiera creado, puesto que aquél no es más que una simple consecuencia de éste y un agente secundario cuyo objeto es únicamente facilitar las relaciones sociales del trabajo. Las leyes todas, hechas no sólo sin nuestro concurso, sino también sin nuestra conformidad, siendo como son injustas, ni debemos respetarlas ni las respetaremos, puesto que no debiendo ser éstas más que un contrato social en el que intervengan la participación y conformidad de todos los individuos en ellas interesados, y siendo la clase trabajadora la que más directamente se halla interesada en ella y perjudicada, y de la que se ha hecho abstracción completa al hacer esas leyes, estamos relevados del compromiso de respetarlas. Ahora bien, si las armas de nuestros enemigos las tenemos nosotros, puesto que tenemos el trabajo, fuente de todo poder y fuerza, las leyes son una farsa a la que no hemos accedido, ¿qué resta a nuestros enemigos para sostenerse en la posición crítica en que verdaderamente se hallan? La ignorancia que sobre nosotros pesa. ¿Debemos esperar que ellos despejen las tinieblas de nuestra ignorancia con la resplandeciente luz de la ciencia? No; pues bien claro debemos ver que cuando el fanatismo religioso se derrumba a merced de los poderosos golpes de la razón, tratan de sustituír esa cadena que sujeta nuestro pensamiento con el fanatismo político. Convencidos de la necesidad de que nuestra emancipación sea nuestra propia obra, convencidos igualmente de que necesitamos luchar para ir descargando de nosotros la pesada explotación que nos hace víctimas, único medio por el cual conseguiremos obtener recursos y tiempo para instruirnos, creemos que la resistencia es indispensable, es necesaria y es el único medio radical y directo que nos conducirá a nuestro objeto. Con la resistencia será como iremos consiguiendo tanto más brevemente cuanto mejor organización tenga ésta, el ponernos en condiciones intelectuales y materiales para luchar con las clases privilegiadas.

En cuanto a su organización presentamos la necesidad de la creación de cajas, y siendo principalmente el objeto de la Comisión estudiar la resistencia en principio, dejando a la Comisión de organización social el estudio y resolución para la fundación de éstas, no pasaremos más que a exponer brevemente nuestro parecer en esta cuestión. La comisión cree que las cajas deberán formarse en las secciones de oficio y éstas federadas por localidades; una vez verificada esta federación se pasará a la de todos los diferentes oficios de las localidades, concluyendo las cajas de resistencia de la sección de lengua española por unirse solidariamente con todas las de la Asociación Internacional de los Trabajadores.

Por estas razones la Comisión propone al Congreso tome la siguiente resolución: Artículo único. El Congreso Obrero de lengua española, considerando que la lucha contra el capital se hace una necesidad para conseguir la completa emancipación de las clases trabajadoras y que para esta lucha es necesario ponerse en condiciones económicas, declara que las cajas de resistencia son una necesidad y un gran elemento para alcanzar el objeto a que aspira la gran Asociación Internacional de los Trabajadores.

Marcáronse en este Congreso cuatro tendencias claramente definidas:

1° La idealista revolucionaria, que negando capacidad para el bien a las instituciones causantes del mal social, lo mismo que a las ideas que les sirven de fundamento, iba directamente a la renovación de la sociedad, partiendo del concepto racional del individuo.

2° La positiva, que pretendía sacar partido de las circunstancias con criterio puramente utilitario, sin importarle gran cosa el porvenir de la sociedad humana, aunque por bien parecer hacía oportunamente declaraciones revolucionarias a plazos remotísimos.

3° La política, que hacia concesiones revolucionarias a los trabajadores a título de satisfacer sus preocupaciones emancipadoras, pero imponiendo sobre todo la democracia y la Republica.

4° La societaria que, entusiasta y apasionada por las sociedades constituidas, mirando con desconfianza las novedades de organización obrera, tenía escaso entusiasmo por los grandes ideales.

Cada tendencia tuvo sus hombres que la caracterizaron con arreglo a sus pasiones y a su peculiar modo de ser, figurando en primer término la mayoría, entre la que nos contábamos todos los directamente dedicados a la implantación de La Internacional. Los positivistas eran capitaneados por Roca y Galés, tejedor de Barcelona, muy versado en los estudios económicos, convencido de su infalible suficiencia y más dispuesto a vender sabiduría a los burgueses que a darla de balde y con sacrificios por añadidura a los trabajadores, como necesariamente ha de hacer el que ama la verdad por la verdad misma. Los políticos tuvieron dos jefes, incompatibles por carácter y por tendencia: uno era Robau Donadeu, que no reparó en hacer todo género de concesiones a la mayoría con tal que se le diese el gusto, que no pudo conseguir, de que el Congreso adorase la República federal; el otro era Roca y Galés, demócrata ante todo por el momento, reconociendo que la anarquía sería el resultado de una obra de siglos y siglos de que gozaría la humanidad en las postrimerías de su existencia. Los societarios determinaron poco su personalidad, referían con fastidiosa pesadez sus aventuras, sus fracasos, sus esperanzas y no entendían palabra de las nuevas ideas ni de las viejas en lucha y contraste, porque para ellos todo lo que no fuera tener trabajo seguro, buen jornal y el pan barato, era hablar de la mar.

Contra el dictamen sobre la Resistencia y la exposición que en su defensa hizo Borrel, levantóse Roca y Galés, y sus primeras palabras fueron una ofensa hija de la soberbia.

Si no buscamos otros medios diferentes de los que en el dictamen se proponen, cuando queramos llevar la resistencia al punto que muchos ideólogos suponen, habremos sido víctimas de la miseria o de los cañones; principalmente de la miseria, porque hay hombres que, llegado el caso, serán cobardes. Hay quienes desean la mejora completa del proletariado, pero el medio que proponen para lograrla sólo conduce a los gobiernos personales, a las dictaduras, a dar armas y poder a un Prim o a un Napoleón.

Contestada la ofensa digna y mesuradamente por Borrel, mantúvose la discusión elevada y seria por mayoría y minoría, siendo aprobado el dictamen por gran mayoría de votos.

CAPÍTULO DÉCIMO CUARTO

CONGRESO DE BARCELONA

Cooperación

DICTAMEN DE LA COMISIÓN SOBRE EL TEMA DE LA COOPERACIÓN

La Comisión encargada de emitir dictamen sobre la importancia de la cooperación con respecto al fin a que se dirigen los esfuerzos de la organización obrera, opina:

Que la cooperación en sus ramos de producción y consumo no puede ser considerada como medio directo y absoluto para alcanzar la emancipación de las clases trabajadoras: sólo sí puede servir como medio indirecto para aliviar algún tanto la suerte de una parte de nosotros y alentarnos a trabajar en la consecución del verdadero objeto.

Definidos como están ya por los Congresos Internacionales obreros el objeto y fin de nuestra organización, fácil fuera comprender la medida en que deberían ser aplicados, la estima que podría darse hoy a aquellos medios indirectos; pero conviene observar que si el objeto está científicamente definido, no lo está en la conciencia de todos nuestros hermanos que se hallan o deben hallarse dentro de la federación universal.

De aquí nace que la cooperación en general tenga ya desde luego un inmenso valor positivo, considerada como estímulo capaz de atraer a nuestro seno y mantener ligados a nosotros, a aquellos de nuestros hermanos que no participan todavía en grado conveniente de todo el radicalismo de nuestras convicciones, y a quienes por esta causa es preciso ofrecer un objeto que esté a su alcance para inducirles a la federación. Además la cooperación de producción con la universal federación de asociaciones productoras es la gran fórmula del gobierno del porvenir, y de aquí también la utilidad de ir cultivando este ramo para adquirir hábitos prácticos de manejo de negocios con aplicación a la sociedad futura, que no reconocerá en los hombres otra representación ni otro carácter social que el de trabajadores.

El objeto de toda nuestra organización, de todo nuestro esfuerzo es la solidaridad universal de los obreros; en otros términos, el objeto de la organización, la organización misma o el completo de esta organización solidaria. No la formación de capitales ni la mejora del salario, sino la solidaridad de todos los ánimos en el deseo vehemente de sustraernos todos, directa, inmediata y definitivamente a la explotación burguesa, derribando las columnas del orden (?) social presente; he aquí el objeto.

Del complemento del objeto, o sea de la organización solidaria de todos o la mayor parte de nosotros, el fin resultará inmediatamente: la liquidación social. Porque afortunadamente (decimos afortunadamente aun en medio de nuestra desgracia) somos un gran número los que tenemos intereses revolucionarios, reunidos el derecho y la fuerza, y por ello el próximo advenimiento de la Revolución redentora es infalible, y su tiempo casi matemáticamente calculable; sólo nos falta organizar esta fuerza.

Ya comprenderá el Congreso que no intentamos hablar de esas pobres organizaciones de fuerza puramente material, patrimonio de los partidos políticos, que son autoritarios, cuyas maneras despreciamos profundamente; nuestra fuerza es especialmente moral.

Cuando llegue el día, si los intereses conservadores persisten en su necio empeño, la convicción de nuestro derecho nos bastará para alcanzar la igualdad económica, la Justicia.

De aquí se deduce que la propaganda en el ramo directo de la cooperación, es el medio absoluto al cual debemos principalmente aplicar nuestros esfuerzos, y que los demás son medios subordinados que sólo valen en cuanto tiendan más o menos a la propaganda misma.

La cooperación de producción en si o como término, está ya juzgada, es una institución puramente burguesa que sólo puede realizar la emancipación de una insignificante parte de nosotros, y cuyo desarrollo, si fuese posible dentro de la actual sociedad, nos llevaría a la creación de un quinto estado social mucho más infeliz, mucho más explotado de lo que es hoy la clase trabajadora.

La cooperación de consumo, más pura en su naturaleza, ni aislada ni combinada con la de producción tampoco sería capaz de emanciparnos, porque la sociedad explotadora posee medios de mantener el tipo general de los salarios a la menor suma de satisfacción de necesidades que permita al obrero subsistir. Y como quiera que los beneficios de la cooperación de que tratamos han de refluir en una disminución del precio de la subsistencia, esta disminución sería seguida en definitiva de un descenso en el tipo general de los salarios.

La Comisión no entiende con lo dicho reprobar la práctica de esas cooperaciones a las cuales ha concedido ya antes, aunque como medios indirectos, un inmenso valor positivo; trata sólo de fijar el criterio general de organización, en el cual desearía ver prevalecer decididamente otros principios que los que hasta ahora han dominado en la creación de muchísimas sociedades espontáneamente formadas. La Comisión considera antes bien la cooperación de consumo, aliada tal vez con la de socorro e instrucción mutua, como una poderosa palanca que sin tardar se ha de poner en movimiento para levantar de su postración al sin número de nuestros infelices hermanos, protomártires del monopolio, que consumen su vida en los pesados trabajos de la agricultura.

La cooperación de producción la considera también de grande utilidad si se hace solidaria entre grandes secciones obreras, y con preferencia dedicada a los artículos de inmediato consumo del trabajador; lo que se haga por sociedades aisladas por federaciones de oficios, cree la Comisión que es en todo caso reprobable.

Si bien toda cooperación es tanto más útil cuanto más ancho sea su campo de solidaridad; si toda cooperación en general puede ser nociva cuando crea intereses restringidos; son, sin embargo, la de consumo y sus aliadas, la de socorros y la de instrucción, las que en las actuales circunstancias es indispensable a todo trance y de cualquier manera multiplicar, como los hilos de una red sobre toda la extensión de nuestro territorio. Una organización, aunque naciente como la nuestra, si sabemos asentarla sobre la base de la propaganda, hallará recursos de sobra para acometer y dar cima a la díficil empresa de llevar en pocos años, hasta el más oscuro rincón de nuestro suelo, los beneficios de la idea que disfrutamos ya los obreros de los grandes centros.

Debemos manifestar, por último, que si la resistencia, de grande interés en el estado actual de la sociedad, ha de prestar su base a una organización secundaria o federación por oficios; bien puede la cooperación de propaganda prestar asimismo su base a la organización principal por secciones o centros de diversos oficios, viniendo a fundirse ambas aspiraciones en la federación regional.

En resumen, la Comisión ofrece a la consideración del Congreso las siguientes conclusiones:

1° Que siendo el único objeto de la organización obrera el complemento de la solidaridad en el deseo de emanciparnos inmediatamente, el ramo directo y absoluto de la cooperación ha de ser la propaganda, y que a ella deben tender toda sociedad parcial y toda federación de sociedades en secciones o centros: o en otros términos, que la propaganda debe ser la base de nuestra organización.

2° Que como medios subordinados, son de grande importancia los otros ramos cooperativos en cuanto tiendan a la solidaridad y huyan de crear intereses restringidos.

3° Que la cooperación de producción, cuando las circunstancias lo exijan, debe preferir los objetos de inmediato consumo del obrero, y es reprobable sIempre que no se extienda de hecho su solidaridad a grandes agrupaciones.

4° Que la cooperación de consumos es la única que, no sólo puede aplicarse en todos casos y circunstancias, sino que ha de servir de elemento o medio de iniciación general para todos los obreros a quienes por su estado de atraso, difícilmente podrían hoy alcanzarles los beneficios de la nueva idea.

5° Que al lado de la cooperación de consumos y como auxiliares suyas, puede colocarse la cooperación en los ramos de socorro e instrucción mutua.

La discusión sobre la cooperación pasó sin incidentes y con cierta languidez, debido sin duda a que los cooperativos carecieron de fe y de energía ante el entusiasmo de la mayoría o a que principales argumentos los habían malgastado al combatir la resistencia. En efecto, Roca y Galés había dicho con la autoridad de jefe infalible:

Por mi parte, después de muchos años de estudio práctico dentro del trabajo y de las sociedades, me he convencido de que el único medio de llegar a la emancipación consiste en las asociaciones cooperativas.

También Pagés, delegado de una sociedad cooperativa de Barcelona, dijo contra la resistencia:

Son incalculables las pérdidas experimentadas por los obreros con el sistema de la resistencia. Supongamos que se declaran en huelga diez mil trabajadores cuyo jornal semanal sea de tres duros: en una semana se pierden treinta mil duros, en un mes ciento veinte mil, y así progresivamente. ¿Dónde se irá a parar cuando hay huelgas que han durado nueve meses? ¿Qué beneficios ha reportado la resistencia? Después de la enorme pérdida sufrida, unos obreros han ido a presidio, otros han muerto extenuados de hambre y roídos por la congoja, otros han debido pasar por la humillación de volver a ocupar un puesto en el oprobio del trabajo vencido. Si tales resultados da la resistencia, ¿por qué no la desechamos? ¿por qué no hemos de invertir esos miles de duros en la construcción de fábricas y talleres? A la manera de las hormigas y adoptando el principio de ahorrar en el presente para hacer más llevadero el porvenir, de sacrificarnos hoy para mejorar nuestra situación de mañana, íbamos aportando al acervo común en pequeñas cantidades cuya suma nos sirvió para levantar una fábrica, en posesión de la cual nadie viene a imponemos condiciones; si estamos enfermos se nos prodigan los auxilios necesarios, si nos conviene el descanso a él nos entregamos. Ved como ya no obedecemos al toque de una campana, como ya disfrutamos de una grata independencia y como ya nos hemos emancipado.

Carecían los delegados cooperativos de aquella erudición de que han abusado hasta el fastidio los cooperativos posteriores, amontonando cifras y estadísticas para evidenciar que unos cuantos pacientes pobretes pueden convertirse en capitalistas con el transcurso del tiempo, a fuerza de atrofiar su inteligencia y mutilar sus sentimientos; por consiguiente, poco trabajo costó a los revolucionarios hacer patente que mientras capitalista y trabajador representen dos tipos distintos y antagónicos, en tanto que los conceptos capital y trabajo no comprendan como única e inseparable entidad al hombre, los cooperativos no serán otra cosa que desertores de las filas del trabajo que se palian con armas y bagajes, a su enemigo el capital.

Hízose, no obstante, distinción entre la cooperación solidaria y la insolidaria, aceptando la primera como auxiliar de la resistencia y rechazando la segunda como eminentemente burguesa y egoísta, distinción disculpable entonces porque se confiaba demasiado en la solidaridad como resultado de la organización, sin contar los efectos perturbadores producidos después por las persecuciones y las crisis de todo género.

De todos modos con la aprobación del dictamen quedó bien patente que la cooperación no es un medio de emancipación general del proletariado, que su adopción y aun su conato de generalización sólo puede agravar la situación de los que queden fuera de las cooperativas, y que lo que necesita el proletariado es elevarse al conocimiento de la justicia social, a la concepción del ideal emancipador y a la adopción de la conducta prudente y enérgica que su planteamiento exige.

Tocóle el turno al cuarto tema: Organización social de los trabajadores.

CAPÍTULO DÉCIMO QUINTO

CONGRESO DE BARCELONA

Organización social de los trabajadores

DICTAMEN DE LA COMISIÓN SOBRE EL TEMA DE LA ORGANIZACIÓN SOCIAL DE LOS TRABAJADORES

En la conciencia de todo el que analiza el estado social presente, existe la convicción profunda de que sus hondos males sólo pueden concluir de una vez verificándose una Revolución universal, que anule todas las instituciones que sostienen las diferencias de clases y condiciones. Esta humanitaria revolución se propone la Asociación Internacional de Trabajadores, y por conseguirlo, considera que siendo el trabajo lo absolutamente necesario para la vida de la humanidad, él debe ser la fundamental base de la Constitución social, y que los trabajadores son los solos encargados de llevarla a término, para lo cual se hace necesario que los trabajadores se organicen universalmente.

En diferentes regiones del mundo se encuentran ya asociados los trabajadores para estos fines, y hoy los de la región española, comprendiéndolo y deseándolo como sus hermanos, se organizarán también para constituir la Solidaridad universal necesaria, como ya manifestamos, para el planteamiento de la justicia con la igualdad, que es su fundamento, y para conseguir su mejoramiento inmediato.

Para estos fines la Comisión cree que la Organización social de la región española debe comprender en su seno a todos los trabajadores de España que quieran su emancipación, por los medios que la quiere para todos los del mundo, la Asociación Internacional de los Trabajadores.

Debe constituirse para la resistencia en la forma y modo que el Congreso ha determinado, o sea por vastas federaciones de oficios; y para la cooperación solidaria, que también ha aprobado el Congreso, lo mismo que para los intereses generales de los trabajadores. en cada localidad, por centros federales. Para los intereses particulares de las distintas clases, en lo que se refiere a las condiciones del trabajo, por sociedades de oficios. Además cree necesario la Comisión, que esta organización solidaria, en todos sus propósitos, dé continua muestra de su vigor y progreso por medio de congresos regionales que determinen la voluntad sincera de todos los trabajadores. Y que por cumplimiento de los pactos generales, como también para representar constantemente esta organización, deberá existir un Consejo Federal de la Región española.

De este modo cree la Comisión debe establecerse la organización social de los trabajadores, en esta región, dentro de La Internacional, y para ello, pide al Congreso que apruebe las siguientes conclusiones:

1° En cada localidad se organizarán en secciones los trabajadores de cada oficio, organizándose además una sección que comprenderá en su seno a todos los individuos de los diferentes oficios que no hayan constituido aún sección, y la cual será sección de oficios varios.

2° Todas las secciones de oficio de una misma localidad se federarán organizando la cooperación solidaria y demás cuestiones de socorros, instrucción, etc., de grande interés para los trabajadores.

3° Las secciones del mismo oficio en las diferentes localidades, se federarán entre sí para organizar la resistencia solidaria.

4° Las federaciones locales se federarán para formar la Federación Regional Española, cuya representación será un Consejo federal elegido por los Congresos.

5° Todas las secciones de oficio, federaciones locales, federaciones de oficios, así como la federación regional, se regirán por los reglamentos típicos respectivos determinados por los Congresos.

6° Que todos los trabajadores representados en Congresos obreros, determinen por boca de sus delegados la vida y progresos de la organización.

Hizo la exposición y defensa de este dictamen un joven estudiante llamado Meneses, delegado por varias sociedades de Cádiz, del cual conservo el más grato recuerdo. Activo e inteligente en sumo grado, para todo tenía solución rápida y práctica. Ya en la preparación del Congreso en el seno de la Alianza de la Democracia Socialista, donde se elaboraron los dictámenes, proposiciones de necesidad probable y reglamentos, cuyo trabajo era imposible que lo realizara un congreso que debía durar ocho días, distinguióse notablemente aquel joven. En lo referente a organización él fue el paladín que se distinguió sobre todos, el que resolvía todas las dificultades, contestaba satisfactoriamente todas las dudas e inspiraba confianza en los saludables efectos de la organización. Su trabajo mereció, en mi concepto, la calificación de admirable. Había que verle en aquel día 25 de Junio en que, para ultimar la aprobación de los reglamentos de la Federación Regional, se celebraron cuatro sesiones, dos administrativas y dos públicas, la última abierta a las doce de la noche y terminada a las cuatro de la madrugada, cuando los delegados rendidos de cansancio no podían soportar ni un minuto más aquella enorme tensión intelectual sostenida tantas horas, animados, no obstante, con la idea de que abrían una era nueva durante la cual se realizaría aquella justificación social a que aspiraba la humanidad y en la cual se resolvería en acuerdo perfecto y feliz la soberbia de los poderosos y el envilecimiento de los productores. Cuando todos se rendían él estaba firme explicando aquel hermoso engranaje de secciones y federaciones en que los trabajadores, después de luchar por su emancipación y obtener completo triunfo habían de fundar la sociedad futura; arma de guerra y organización de paz, todo en una misma pieza, eso era aquella organización y eso metía Meneses en la cabeza de los delegados a fuerza de lógica y de perseverancia, y aquel trabajo utilísimo para los trabajadores, imitado y tal vez no perfeccionado, vive y no se perderá, y quedará para las sociedades futuras como una de aquellas conquistas imperecederas del progreso.

La organización correspondía perfectamente a las bases consignadas en el dictamen transcrito: formaba la base de todo la sección local de oficio o la de oficios varios para aquellas profesiones que no tuviesen número suficiente para constituir sociedad; la unidad social era solicitada por dos federaciones, la local de todos los oficios de la localidad, y la pericial, formada de todas las secciones del mismo oficio de la nación o región, que en el lenguaje adoptado esas dos palabras tienen idéntico significado; por la primera, la sección se relaciona con la federación regional y con la internacional; por la segunda, atiende a la defensa de sus intereses y a los adelantos técnicos. La Federación Regional centro de correspondencia y relación, intermediaria con las demás federaciones regionales y con el Consejo general, vive en sus congresos anuales y se halla representada por un Consejo regional, compuesto por cinco individuos nombrados por el Congreso y reside donde el mismo señale. Cuotas económicas, buena administración, activa correspondencia, asiduidad a las reuniones, constante y sana propaganda, todo eso era necesario, y la organización, si podía facilitarlo, no lo daba de sí, si en la conciencia y en la voluntad de los individuos no tenía fundamento y arraigo, y por eso han podido surgir después crisis y decadencia; pero es fuerza reconocer que en aquella organización previsora y en aquel trabajo de dar reglamentos típicos o modelos para secciones, federaciones y aun cooperativas se adelantaron los tiempos llegando a una perfección que no será excedida en muchos años.

La minoría política y cooperativa que acaudillaba Roca y Galés tuvo la idea de entorpecer la obra de organización con la presentación de un escrito que tituló Voto particular sobre el tema de la Organización, que no era tal voto, porque no se hizo la menor indicación en la reunión de la Comisión correspondiente, y en el cual entre varias ideas buenas, malas o indiferentes, se sentaban principios que prejuzgaban en sentido de afirmación política el tema de la actitud política del proletariado y se pedía al Estado una serie de leyes protectoras del trabajo y del trabajador.

Este recurso causó indignación y sorpresa y suscitó incidentes que hubieran podido comprometer el éxito del Congreso, si no hubiera habido inteligencia y energía suficiente para destruir aquel plan.

Herrán, estudiante andaluz también, representante de una sociedad cooperativa del Arahal, condensó en un razonado y enérgico discurso el pensamiento y los sentimientos de la mayoría contra al artificio parlamentario de oca y Gales, en las siguientes palabras:

Envuelta entre ideas de cooperación y resistencia y de verdadera organización revolucionaria, vislúmbrase en el escrito en cuestión una tendencia manifiesta a que el Estado se mezcle en esta organización que ha de ser exclusivamente nuestra.

Pensó acaso su autor que sentando ideas ya por nosotros favorablemente acogidas, íbamos a aprobar también ese germen político, esa tendencia a hacernos depender de la tutela gubernamental que del escrito se desprende? … Unámonos, se nos dice en el escrito ese al Estado, y nuestra vida queda asegurada; sí, unámonos, digo yo, y sólo obtendremos la negación de nuestros propósitos. La política, aun la más avanzada no es, no puede ser, sino una traba, una limitación que habréis de romper al fin si queréis gozar del esplendente sol de la justicia … No se suicidará el Estado para darnos vida … Pretender que los gobiernos concedan a los niños, a las mujeres y a los trabajadores en general, bastantes horas para dedicarnos al estudio de la cuestión social es una ilusión. Todas las concesiones arrancadas al Estado han sido truncadas; han sido halagos pasajeros para contener nuestras aspiraciones. Cuando Roca y Galés vio el asunto perdido y descubierto su propósito retiró su escrito, que sólo produjo el efecto contraproducente de avisar a la mayoría y decidir a los vacilantes.

Como consecuencia, quedó aprobado el dictamen, y los proyectos de organización y reglamentación dispuestos a ser aprobados más fácilmente.

CAPÍTULO DÉCIMO SEXTO

CONGRESO DE BARCELONA

La Internacional y la política

DICTAMEN DE LA COMISIÓN SOBRE EL TEMA ACTITUD DE LA INTERNACIONAL CON RELACIÓN A LA POLÍTICA

Por poco que fijemos nuestra atención en los males que nos aquejan, por poco que nos detengamos a examinar las causas que los producen, no podremos dejar de convenir que se hacen necesarios grandes y eficaces remedios, y en la necesidad también de que el movimiento social que hoy se efectúa tenga por objeto algo más que asociar individuos, que federar grupos, que establecer solidaridad entre ellos, siquiera esto sea ya de no escasa importancia.

Nuestro programa, que ha de llevarse a cabo por medio de la Asociación federada y solidaria, ha de tener por objeto, a juicio de la Comisión, plantear las bases de un nuevo sistema económico, que nos garantice el derecho de usar libremente de los frutos de nuestro trabajo por medio de un estado social, cuyo único agente sea la representación directa del trabajo.

No perdamos de vista, mientras tanto, que hay que atemperar a la destrucción y a la guerra su acción revolucionaria, y que, hoy por hoy, no puede tener otra misión. Después de la revolución social, una vez dueño de la primera materia, y en su poder los instrumentos de trabajo, a la acción puramente destructiva que lleva en su seno, fácil será imprimirle otra positivamente productiva.

Por haber desconocido por tanto tiempo nuestro deber como revolucionarios; por haber establecido nada más que agrupaciones aisladas de obreros sin ningún fin social que llenar, se ha fatigado en vano la actividad nunca desmentida del trabajador hacia su propia redención.

Por haber querido partir, no de la revolución social, sino de las reformas paulatinas por medio del Estado, nos encontramos aún en el principio de nuestros trabajos, y en todo su apogeo la acción autoritaria de los gobiernos.

Por haber desconocido hasta hoy, por más que nos venga indicado por la historia, que el trabajo debe ser el único encargado de la reconstitución de la Sociedad, hemos abandonado la realización de nuestras aspiraciones a nuestros más encarnizados enemigos que, una vez en el poder, han continuado santificando el privilegio de una base, que ha acrecentado su riqueza a proporción de nuestra miseria para mejor dominarnos. En una palabra, sin conciencia de nuestros derechos, ni de nuestra misión, hemos apelado al mismo recurso de nuestros actuales enemigos, ayudándoles a derribar a los hombres que nos señalaban como los únicos causantes de nuestros males, y después de haberlo conseguido, nuestra explotación ha continuado su marcha devastadora bajo el amparo de la nueva autoridad, representada por nuestros pretendidos redentores de ayer.

No, hermanos nuestros; basta de ceguera. Tiempo es ya de pensar seriamente en el porvenir del trabajo. Tiempo es ya de que no a la locura, a la ambición, a la intriga sino a la razón, a la ciencia, a la organización obrera sobre todo, rechazando con energía todo otro elemento a ella extraño, debemos encomendar los destinos de la gran revolución. No perdamos de vista, que si en nosotros subsiste aún la miseria y la ignorancia, débese a las instituciones y a las viejas ideas sociales, no a los hombres. El hacha revolucionaria debe, pues, atentar sola y exclusivamente contra ellas. La guerra al capital debe ser hoy la aspiración única, pero constante de la Asociación; que mañana, cuando los instrumentos de trabajo le pertenezcan por entero, ya tendrá ocasión de mostrar al mundo la fecundante vida que lleva en su seno. Tal debe ser la misión de La Internacional en esta sociedad de lucha. Tal será su importancia allende la liquidación social.

¿Tendrá ahora necesidad la Comisión de demostrar el porqué de que el movimiento socialista obrero se atempere a su sola organización, sin perder de vista un solo instante el elevado objeto que se ha propuesto llevar a cabo? ¿De demostrar que es un gran partido el partido del trabajo y que sus relaciones con todos los demás han de ser nulas, como nula es la consciencia que tienen de la igualdad y la justicia? ¿De demostrar aun, que entre un Estado que nace y el otro que se va, entre el colectivismo y la política, entre la igualdad y el privilegio, entre el trabajo y la holganza, entre media sociedad emancipada y otra media esclava, no cabe, no puede caber más pacto que la guerra?

Si, necesidad tendrá la Comisión, encargada por el Congreso de llevar a cabo este dictamen, de señalar a sus hermanos los motivos que tiene para que la organización obrera en nuestro país, y la obra regeneradora de La Internacional en el mundo civilizado se realicen independientemente de toda fuerza, de toda institución a ellas extraña, huyendo con especialísimo cuidado de adhesiones que no vengan debidamente legalizadas por el trabajo.

Selladas con sangre se hallan en la historia las laudables aspiraciones de los pueblos hacia su bienestar; pero fundadas constantemente en la conservación del Estado, han sido estériles los esfuerzos hechos para conseguirlo. Y es que el Estado no admite cambios de sistemas, ni reformas. Si pudiera volver a los tiempos que le dieron origen lo haría, a fin de tener más segura su existencia y más desarrollada su esfera de acción. Toda innovación le espanta, y solamente introduce alguna en la dirección de la sociedad que tiene a su cargo, cuando le obliga a ello una fuerza mayor, emanada de las capas inferiores o cuando los intereses de la clase que representa lo exigen. En este último caso la innovación introducida es un eslabón más, añadido a la cadena del esclavo, que le hace suspirar por el stato quo de antes.

A los que, bastante ciegos, creen aún en las reformas por el Estado, podríamos preguntarles, en qué período, en qué época del tiempo trascurrido le han visto realizar una reforma, de la cual haya sido él el verdadero iniciador que sea capaz de conducirnos al progreso. Ya lo hemos dicho. Selladas con sangre de sus autores se hallan en la historia esas reformas. ¿Por que? Si está en su deseo de realizarlas. ¿Por qué castigar, y no recompensar a los que, celosos del bien de todos, se las indican? Si está interesado en el progreso ¿a qué impedir la libertad de pensar, de escribir y de asociarse? Si garantiza el derecho y la libertad de todos ¿por qué permitís qué se nos explote bajo un sistema social tan infame? ¿Por qué no haber fundado ya, en sesenta siglos que lleva de existencia, sobre los escombros de la antigua, una sociedad basada en la Igualdad y la Justicia? Digámoslo de una vez. Todo poder autoritario lleva en sí un deseo de dominio, y este deseo es precisamente la antítesis del progreso. ¿Qué pacto, más que la guerra, cabe ya entre el colectivismo y la política, entre la libertad y la autoridad?

Para aquellos, sin embargo, que creen que la Comisión, en su crítica fundada del Estado, sólo se dirige a una forma de gobierno, y nos recomiendan otra como medio de llegar a nuestra completa emancipación, haremos constar que, según la ciencia, la idea del poder es una: la de imposición, de autoridad, de mando. El Estado encierra sus diversas personificaciones en una sola manifestación, y esta manifestación tiene por objeto impedir el progreso. Bajo esas fórmulas o personificaciones pues, el Estado queda en pie, ejerciendo su odiosa tiranía, dueño aún de la inmensa fuerza que le presta el concurso de la clase dominante. Si el programa de la agrupación política, dueña del poder es contrario a ese poder mismo, y a la clase de cuyos intereses vive, sacrificará el programa. La vida del Estado y de la clase que le sostiene dirá, es antes que nada. El Estado no puede suicidarse en medio de la fuerza legal e ilegal que le alimenta. Si el derecho de asociación, pues, tiende a absorberlo para establecer en su lugar la libre federación de libres asociaciones de obreros agrícolas e industriales, lo suprimirá, y entonces sucederá que, o bien la federación obrera será bastante fuerte para imponerse, o lo suficientemente respetable para no dejarse arrebatar ese derecho, a fin de continuar en su obra de transformación completa.

Pensar ya que el Estado político puede servir de escabel al colectivismo, es desconocer completamente el origen del poder, sea cual fuere su fórmula.

Pensar que el gobierno, sea el que quiera, ha de ceder un día gratuitamente el poder al colectivismo, sería desconocer la noción del poder, conservador no más que de sí propio. Por último si el Estado, en circunstancias dadas, puede aceptar lo que le limita, no acepta jamás lo que le niega; y no esta en los hombres hacer que el Estado sea otra cosa de lo que es, ni en los principios de tal o cual agrupación política sustituir a su inmovilismo el progreso. Está precisamente en su antítesis, en la revolución social, y ésta es la que deseamos verificar.

Si después de lo dicho, y siguiendo los pasos de generaciones anteriores encargáramos todavía al Estado la realización de nuestro fin, sería preciso renunciar a toda idea de emancipación y libertad. De emplear ese coloso da poder y tiranía como medio, nuestros trabajos, todos nuestros esfuerzos, no lo dudéis, desaparecerían ante el absolutismo de su idea. Volvemos a repetirlo. ¿Cabe entre nosotros y la sociedad actual, sostenida por él, otro pacto que la guerra?

Prestar, pues, nuestra aquiescencia al Estado sería ilógico y absurdo. Al paso que le destruiríamos por un lado le apoyaríamos por otro, y nuestros deseos de redención se quedarían en proyecto, no pasarían de deseos. Es necesario desenmascararle para saber hasta qué punto llega el derecho de asociación que nos concede, y esto lo conseguiremos a medida que la federación y la solidaridad vayan robusteciendo la organización obrera, base de la organización social futura.

No porque a la Comisión le quede ninguna duda acerca de las intenciones del Estado, pero es necesario saber por nuestros hermanos si nos lo concede sólo para hacer prevalecer ciertos principios políticos y para mantener a raya la tendencia a la baja de los salarios, o para sustraernos por completo a la explotación que se ejerse con nosotros por su medio. Esto lo sabremos en breve, adoptando una actitud verdaderamente revolucionaria, basada, con exclusión de todo otro elemento, de toda otra idea, en la formación rápida y directa de sociedades trabajadoras que no pierdan nuncá de vista el objeto para que fueron creadas, esto es, la destrucción del poder, ya en las bajas, ya en las altas esferas gubernamentales y administrativas. Y si este nuestro plan de asociación no le gusta, claro es que sólo nos lo habrá concedido en tanto no hayamos hallado por su medio la manera de sustraernos a su opresión.

Conocido nuestro objeto, el Estado, mostrando una vez más la índole de su origen, no se dará punto de reposo para exterminarnos, pero inútilmente.

Nosotros podemos haber hecho para entonces infructuosas sus perversas intenciones, oponiendo a su fuerza la fuerza inmensa de la asociación solidaria robustecida con la idea de emancipación que lleva en sí.

He aquí por qué la Comisión es de parecer, y por otras razones que enumera, que la realización directa es el único camino que seguir conviene a las secciones españolas de la Internacional. Causa de profundos odios entre nuestros hermanos, la política se opondría constantemente a que profesáramos en nuestro trato el principio amor, sin el cual nuestros trabajos se perderían en el desamor y en la fría indiferencia, dejando en el aislamiento los tan caros elementos que queremos agrupar. Y como quiera, por otra parte, que de ocuparnos en ella nos robaría un tiempo precioso y altamente necesario a la propaganda de nuestros principios, razón de más para que rechace la política de su seno, no sólo por inútil, sino como perjudicial. De esta manera, libres en nuestro campo del trabajo, desembarazados de todo sentimiento que no nos venga por él inspirado, podremos con más holgura y seguridad de buen éxito, dedicarnos directamente a dar a nuestras sociedades, el carácter de estabilidad y permanencia que deben tener, a fin de que los gobiernos, cuando intenten retirarnos el derecho de asociación, encuentren en nosotros, si no una potencia igual a la suya, decisión bastante para hacerle respetar nuestro derecho, que será el primer triunfo arrancado a esta sociedad, el cual deberá llevamos rápidamente a la consecución de todos los demás.

¿Cabrá decir ahora que podríamos realizar nuestro ideal a la sombra, bajo el asentimiento del Estado? No. Despréndese perfectamente de la historia sus tendencias opresoras. Demostrado queda que sigue su camino a remolque del progreso y a impulsos de profundos odios. Que instigado sólo por una revolución sangrienta, concede un derecho y al sancionarlo por medio de una ley, lo imita, negándolo más tarde por una de sus reacciones tan frecuentes. Que su único norte es la inmovilidad y el reposo. ¡Y qué! ¿Se pretendería hacerle salir de este marasmo brutal y tiránico de que le acusan los hechos, cuando no lo ha conseguido ninguna de nuestras generaciones predecesoras? ¿Se pretendería variar la ley constante e inmutable de su existencia? Eso sería pedir un imposible.

¿Cómo puede ser el Estado el defensor del trabajo, cuando precisamente en la ley contraria, en su explotación y esclavitud, fía su vida, y cuando en su fondo radica el parasitismo, al cual convergen y del cual nacen los demás parásitos de la sociedad? Y aun cuando así no fuera, ello nos probaría cuando más que después de haber presenciado un combate de clases, como el del 93 en Francia, continuaría sirviendo de escudo a la que hubiese salido vencedora para ser el azote de las que hubiesen quedado vencidas.

Hay que desengañarse. El Estado es una máquina cuyo continuo movimiento no puede expedir más que el privilegio. Pretender otra cosa sería romper los ejes de esta máquina, de cuya rotura nacería la igualdad y la libertad, y esto sólo puede hacerlo la revolución social.

Hay que considerar además que no porque le prestásemos nuestra aquiescencia y templásemos nuestros ataques, había de servir y secundar nuestra obra; que no porque nos quejásemos había de poner término a nuestras quejas. Precisamente es ley constante de su espíritu obrar todo lo contrario. Una larga y dolorosa experiencia nos muestra que nuestros males, si bien han servido de pretexto para encumbrar hombres y más hombres en el poder, éstos no han dejado de tener fin.

Urge, pues, apartamos cuanto antes de la perniciosa senda que hasta aquí hemos seguido. Otra educación fundada en el amor universal y en la ciencia, se hace necesaria: No más esfuerzos vanos, no más trabajos infructuosos, no más apóstatas ni traidores a la causa santa del trabajo. Consideremos que por haberla confiado a otras manos que a las nuestras nos hallamos aún en el comienzo de nuestras penalidades. Consideremos que sólo nuestra actitud digna y enérgica ha de poner a raya la codicia burguesa no menos que la tiranía del Estado. Consideremos, finalmente, que hacer política nacional, que abogar aún por el sostenimiento de este Estado, autor de nuestras desgracias, cuando nuestros hermanos del otro lado de la frontera se organizan internacionalmente, llevando en el corazón simpatía a fin de establecer la libre Asociación de trabajadores en todo el mundo, borrando razas, nacionalidades y fronteras, seria faltar al cariño que nos profesan, a la grandeza de los principios de La Internacional que proclaman, y a nuestra palabra, sobre todo, que un día les diéramos de caminar a la vanguardia de la civilización y del progreso.

Se hace, por tanto, necesario emplear toda nuestra constancia, toda nuestra actividad, ya en la organización obrera, ya en la inculcación radical y directa de nuestros principios dentro de ellas, despojados de toda dañosa idea politica, para estar prevenidos contra todo ataque a nuestros derechos, ya nos venga del poder, ya de la hidrofobia de los ricos, cuya seguridad garantiza y cuyos abusos tolera, y para llevar a cabo lo antes posible la revolución social.

Por estas razones, la Comisión adopta las siguientes resoluciones que somete a la deliberación del Congreso:

Considerando:

Que las aspiraciones de los pueblos hacia su bienestar, fundándose en la conservación del Estado, no sólo no han podido realizarse, sino que este poder ha sido causa de su muerte.

Que la autoridad y el privilegio son las columnas más firmes en que se apoya esta sociedad injusta, cuya reconstitución, fundada en la igualdad y en la libertad, se halla confiada a nosotros de derecho.

Que la organización de la explotación del capital, favorecida por el gobierno o Estado político, no es otra cosa que la explotación perenne y siempre creciente, cuya sumisión forzosa a la libre concurrencia burguesa, se llama derecho legal o jurídico, y por lo tanto obligatorio.

Que toda participación de la clase obrera en la política gubernamental de la clase media no podría producir otros resultados que la consolidación del orden de cosas existente, lo cual necesariamente paralizaría la acción revolucionaria socialista del proletariado.

El Congreso recomienda a todas las secciones de la Asociación Internacional de los Trabajadores renuncien a toda acción corporativa que tenga por objeto efectuar la transformación social por medio de las reformas políticas nacionales, y les invita a emplear toda su actividad en la constitución federativa de los cuerpos de oficio, único medio de asegurar el éxito de la revolución social.

Esta federación es la verdadera representación del trabajo y debe verificarse fuera de los gobiernos políticos.

La discusión de este dictamen fue animadísima y apasionada, y en ella llevamos parte muy principal los delegados madrileños: Morago, Mora y el que estas líneas escribe hicieron exposición histórica y doctrinal demostrando que el Estado, lejos de ser órgano y garantía del derecho, como pretenden sus partidarios, es una institución perturbadora que viene desviando a la humanidad de la senda progresiva y no sirve más que para defender y legalizar a los tiranos, usurpadores y explotadores. Por tanto, los partidos políticos, pretendidos renovadores del Estado incorregible, no tienen razón de ser ni justificación racional posible, y querer que los trabajadores se hagan políticos con la esperanza de que de ese modo repararán los males que sobre ellos pesan, es como tratar de hacerlos cómplices del crimen de que son víctimas.

Borrel, por su carácter particular, además de contribuir a nuestra obra doctrinal, se dedicó a desarmar a los adversarios, y al efecto pronunció un discurso rebosante de prudencia y de gracia replicando a Roca y Galés, con el que dejó a aquel vanidoso en ridículo y excitó el entusiasmo revolucionario del Congreso.

Rubau Donadeu perdió su trabajo y las concesiones que hizo en las discusiones de los temas anteriores. Habiendo dejado su propósito hasta la última hora, se encontró que por haber sido secretario en la sesión administrativa de la mañana no tuvo tiempo de escribir un dictamen o voto particular para presentarlo por la tarde, no quedándole más recurso que lamentarse en vano, coreado por las risas de los delegados, de haber llegado tarde para imponer la República a los trabajadores reunidos en el Congreso.

En las proposiciones generales, después de varios acuerdos de relativa importancia, se acordó que el segundo Congreso obrero se celebrase en Valencia; dirigir un mensaje a los trabajadores portugueses invitándoles a contribuir a la obra de federación y solidaridad internacional; que el Consejo federal de la región española residiese en Madrid, siendo elegido por unanimidad para constituirle los compañeros Tomás González Morago, Enrique Borrel, Francisco Mora, Anselmo Lorenzo y Angel Mora, y por último, que los asuntos pendientes pasasen al Consejo federal para que los trasmitiera al Congreso obrero siguiente.

Francisco Tomás declaró la clausura del Congreso en sentidas y entusiastas frases, quedando todos satisfactoriamente impresionados y disfrutando de la gran alegría de haber contribuído a obra tan trascendental y meritoria.

Una manifestación pública y un té fraternal en el Teatro de Novedades para la despedida de los delegados, puso término a aquel Congreso en que quedó constituido de modo indestructible el Proletariado Militante español.

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