MELCHOR RODRIGUEZ, “El ángel rojo”.
Más de 70 años después del comienzo de la revolución y guerra
civil española, en este tiempo de memorias y olvidos, personas
y colectivos queremos reivindicar la figura del anarquista
Melchor Rodríguez García (Sevilla, 1893- Madrid 1972). Melchor
Rodríguez, exnovillero, oficial chapista, afiliado a la CNT y la
FAI, tuvo la más extraordinaria de las actuaciones que se
pueden tener en una guerra : la de salvar vidas de sus
enemigos. Melchor, hijo de familia humilde y huérfano desde los 10 años
(su padre murió en un accidente laboral en el puerto de
Sevilla), tuvo que emplearse pronto en los talleres de calderería
y ebanistería sevillanos, ocupación que simultaneó con su
deseo de triunfar en el mundo de los toros, donde llegó a
novillero. Retirado de los ruedos por una mala cornada, su
afiliación a los sindicatos libertarios le hizo ser perseguido y
tener que emigrar a Madrid al principio de los años 20 del siglo
pasado, donde se empleó como oficial chapista. Encarcelado una treintena de veces con la dictadura de Primo de Rivera y la II República, la
atención a los presos fue una constante de su existencia. Tras el estallido de la guerra civil,
pronto pudo dedicarse a aplicar sus ideas de anarquista humanitario, sacando a centenares de
personas de derechas de las checas y refugiándolas en su casa. Ayudado por algunas
personalidades y cargos republicanos fue nombrado Delegado especial de prisiones de la II
República en noviembre de 1936 por el Ministro anarquista Juan García Oliver. Desde ese
puesto detuvo las sacas y los fusilamientos en la retaguardia madrileña, salvando a miles de
personas entre sus adversarios ideológicos. Melchor Rodríguez fue una figura clave para devolver a la República el control del orden público
y las prisiones. No solo luchó contra una multitud en la cárcel de Alcalá que pretendía tomarse
por su mano la justicia tras un bombardeo de los rebeldes, sino que aseguró el orden en las
cárceles y devolvió la dignidad a la justicia. Bajo su mandato mejoraron las condiciones de los
11.200 reclusos de Madrid y su provincia, hasta el punto que los presos comenzaron a llamarle
“El Ángel rojo”, calificativo que él rechazaba. No fue sólo Melchor él único que quiso enfrentarse
a esa locura colectiva que es la guerra, pero su labor en esos tiempos difíciles destaca con luz
propia, sobre todo porque para ello tuvo que sortear un sinfín de peligros y penalidades y
arriesgar varias veces su propia vida en el empeño. La labor de protección a los amenazados y perseguidos, prosiguió tras su cese de Prisiones y su
nombramiento como concejal de cementerios del ayuntamiento madrileño. Desde ese puesto
auxilió a las familias de los fallecidos para que pudieran enterrar con dignidad a los muertos y
poder visitarlos. Ayudó en lo que pudo a escritores y artistas y autorizó que su amigo Serafín
Álvarez Quintero pudiera ser enterrado con una cruz en la primavera de 1938.
Melchor Rodríguez fue de facto el último alcalde de Madrid durante la República y recibió el
encargo, el 28 de febrero de 1939 por el Coronel Casado y Julián Besteiro del Consejo Nacional
de Defensa, de la entrega del consistorio a las tropas vencedoras y presidió el traspaso de
poderes durante dos días –aunque su nombre no quedara reflejado en ningún acta o
documento- intentando que en todo momento las cosas trascurrieran pacíficamente. Finalizada la guerra, la labor de Melchor no solo no fue reconocida, sino que se le sometió a la
misma represión que cayó sobre todos los derrotados. Al poco tiempo fue detenido y juzgado
en dos ocasiones en consejo de guerra. Absuelto en el primero de ellos y recurrido éste por el
fiscal, fue condenado, en un juicio amañado, a 20 años y un día, de los que cumplió 5.
Cuando salió en libertad provisional de la prisión del Puerto de Santa María donde cumplió la
condena, Melchor Rodríguez tuvo la posibilidad de adherirse a la dictadura instaurada por los
vencedores y ocupar un puesto –que le ofrecieron- en la organización sindical franquista o bien
vivir en un trabajo cómodo ofrecido por alguna de las miles de personas a las que salvó,
opciones que rechazó. Antes al contrario, siguió siendo libertario y militando en CNT, actividad
que le costó entrar en la cárcel en dos ocasiones más. Siguió actuando a favor de los presos
políticos, utilizando para ello los amigos personales que tenía en el aparato de la dictadura, a
pesar de las críticas recibidas por ello de algunos de sus mismos compañeros o desde la
izquierda. Su misma muerte, el 14 de febrero de 1972, fue una muestra de su vida. En el cementerio,
ante su féretro se dieron cita cientos de personas entre las que se encontraban personalidades
de la dictadura y compañeros anarquistas. Fue el único caso en España en el que una persona
fue enterrada con una bandera anarquista durante el régimen del general Franco. Hoy, más de 35 años después de la muerte de Melchor Rodríguez queremos reivindicar su
figura y propagar su ejemplo. La labor de Melchor, a lo largo de toda su vida, dignifica al ser
humano y es –como otros muchos hombres y mujeres de izquierda- un ejemplo que merece ser
tenido en cuenta en este tiempo de intolerancias y sectarismos. Como él afirmó repetidas
veces, “se puede morir por las ideas, nunca matar”.
Injusta o intencionadamente olvidado, los abajo firmantes reivindicamos su figura y su ejemplo
y pedimos apoyo a personas, entidades, organizaciones e instituciones, para realizar un acto
nacional de homenaje donde lo importante no sean las banderas, sino los valores que defendió
Melchor Rodríguez. Pedimos públicamente : (Descarga el PDF y rellena el formulario)
A los ayuntamientos de Madrid y Sevilla que en cada una de estas capitales se de su
nombre a sendas calles.
Al Ayuntamiento de Madrid que incluya su retrato en la Galería de alcaldes de la capital
y un Pleno reconozca su labor.