Salvochea en el corazón

Para la mayoría de los gaditanos, Salvochea es un mito, un tótem, un dios de un olimpo plagado de pequeños hitos, orgullos, tópicos, reliquias, exvotos. Muchos lo descubrimos casi a la vez que oíamos hablar de la dictadura del proletariado, de la lucha de clases o de la autogestión, o del libro rojo de Mao, que no sólo ya ni se vende en las librerías de viejo -como decía la otra noche el episodio de Cuéntame- sino que resultó ser el pretexto para un sinnúmero de salvajadas terribles e inexcusables. Salvochea simbolizaba entonces una serie de ideales ansiados, la resistencia y la rebeldía. Ahora sigue funcionando, aunque han tenido que pasar 30 años de democracia para que se le rinda homenaje en el salón de plenos.


Es justo, e inevitable, recordar a Antonio Chico, con su eterna camisa negra y su boina, tan noble, tan cordial, predicando su ejemplo y con su ejemplo. Su hija Carmen recibió el testigo como la más preciada herencia, pero no ha sido ella sola la que ha conservado en los pliegues más ocultos de su memoria el rumor escuchado en la infancia, o intuido en las conversaciones de los mayores, la historia contada de generación en generación, hasta llegar a convertirse casi en un romance de ciego, acerca de aquel alcalde que dormía sobre una mesa porque había regalado su cama, y no tenía más que lo puesto, pues había dado hasta su ropa a los pobres, que acompañaba a su madre anciana a misa a la iglesia de Santiago y la esperaba en la puerta ; que era llamado con reverencia « el santo laico » y que el día que lo enterraron llovió tantísimo.

Quizá, como los dioses clásicos, insisto, Salvochea ha continuado en el imaginario colectivo con tanta fuerza porque participa de muchas de las más profundas convicciones de los gaditanos, o de buena parte de nosotros : esa alta conciencia social, derivada quizá de la peculiar configuración histórica de esta ciudad, en la que nunca hubo apenas nobleza, sino una burguesía cosmopolita y poco clasista, y no participó de las grandes desigualdades de otras ciudades incluso muy próximas ; su carácter de heterodoxo, también su laicismo, porque ésta ha sido sobre todo una ciudad bastante « despegada » en lo religioso, pese a todas las convenciones, liberal en las costumbres, hasta licenciosa, desde las bailarinas de Roma, y no descubro nada, las famosas puellae gaditanae, hasta el más puro franquismo, como recuerda Caballero Bonald en el primer tomo de sus memorias.

Y el cantón. Nadie lo ha recordado, y no parece que sea muy políticamente correcto, ahora que tanto abjuramos de los nacionalismos y vivimos en una « ciudad de ciudades », área metropolitana o mancomunidad, pero más allá de la viabilidad de la aventura política que aquello supuso, entronca el pronunciamiento de Salvochea con el fuerte sentimiento de insularidad de los gaditanos, un cliché que, también, se remonta a la Antigüedad. Parece que de algún modo se hubiera transmitido la misma sensación de estar sobre tres islas, como si el canal Caleta-Bahía no se hubiera colmatado hace siglos.

Total, que el homenaje de estos días atrás a don Fermín, organizado desde una modesta asociación, sin grandes medios publicitarios, ha tenido un eco poderoso y ha demostrado que algunas veces eso de remover panteones puede llegar a ser buena cosa. Porque por encima de lecturas políticas interesadas, de intentos de aprovechar la figura de Salvochea para cada cual, ha sido la ocasión de sacar del fondo del armario la memoria colectiva, esas cosas que nos unen como comunidad, que nos identifican y, por tanto, nos fortalecen.

Sin embargo, no me abandona la sensación de que en el mensaje de Salvochea hay muchas lecturas y no todas son las que se hacen. Y que, en el peor de los casos, subyace el peligro de integrar la crítica como parte del paisaje, o del tipismo y, por tanto, desactivarla.

LALIA GONZÁLEZ SANTIAGO/ Directora La Voz de Cádiz

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