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La Calle de Córdoba, 31.03.2010 / Laura Pérez. El intento de la Junta por resarcir a las mujeres víctimas de la
represión con ayudas de 1.800 euros es calificado de "inútil" por los
familiares. Juliana Sánchez, sobrina de tres de ellas, exige que la verdad
vea la luz y se haga justicia Algunas tuvieron la valentía de desafiar al fascismo y a la
sociedad de la época, y otras, la gran mayoría, eran madres, esposas, hijas
y hermanas de rojos. Todas ellas sufrieron la represión del franquismo,
fueron torturadas, rapadas y despojadas de sus derechos y sin embargo, ni la
Historia ni la memoria han sabido encontrarles su lugar y aún menos,
resarcir su daño. El tiempo ha hecho que muchas de ellas hayan muerto sin
contarle al mundo su calvario y las pocas que aún viven, siguen silenciadas. Justo ahora, la Consejería de Justicia acaba de anunciar que
está ultimando un decreto con el que, a través de ayudas de 1.800 euros, se
intentará reparar la injusticia que sufrieron todas esas mujeres que fueron
torturadas, rapadas y represaliadas durante el franquismo. Una iniciativa
que para historiadores de la talla de Arcángel Bedmar, resultará ineficaz no
sólo porque la gran mayoría de las víctimas del franquismo ya han fallecido
sino porque además, les será prácticamente imposible demostrar el calvario
que vivieron. Por ser hermanas de un rojo Araceli, Manuela e Isabel Sánchez Montes vivían en Rute y
durante años sufrieron en su piel los golpes con los que la dictadura mutiló
de por vida a miles de mujeres. Ellas no eran militantes, ni anarquistas, ni
socialistas, ni nada por el estilo. Como asegura Juliana Sánchez, su
sobrina, su delito no fue otro que ser hermanas de Vicente Sánchez Montes,
un barbero ruteño, perteneciente al Partido Socialista desde 1925, que huyó
a la sierra cordobesa al comienzo de la contienda como miliciano de las
Federaciones Anarquistas y terminó condenado "injustamente" a muerte el 9 de
marzo de 1937 y fusilado, sólo tres días después. "Sólo por ésto, el
franquismo se cebó con ellas al igual que con otras muchas mujeres y las
marcó de por vida", asegura Juliana. Tanto es así que los años en los que Vicente, padre de Juliana,
permaneció huído fueron los más duros para sus hermanas y para su propia
madre. Juliana que entonces apenas tenía seis o siete años, recuerda como a
diario la Guardia Civil venía a casa de sus tías y las llevaba al cuartel
para obligarlas a limpiar y a beber aceite de recino pues, en teoría era la
mejor forma para purgar su alma comunista. "Parece que las estoy viendo
llegar rotas de dolor. El aceite les descomponía el vientre y se retorcían,
querían que mis tías les dijeran dónde estaba escondido mi padre y no
dejaron de torturarlas mientras estuvo huído". La represión que sufrieron las mujeres de Vicente, incluída su
mujer y madre de Juliana, incluso llegó a desterrarlas de Rute y al igual
que otras muchas familias, tuvieron que abandonar sus hogares y empezar de
cero en otro punto de Andalucía. En su caso, tal y como recuerda su sobrina,
"fue la única forma que encontraron para escapar de la persecución. Tuvieron
que huir para salvarse, como tantas familias", asegura. El maltrato que sufrió la madre de Juliana Sánchez no fue físico
aunque sí tan doloroso y temible como las torturas y las persecuciones que
sufrieron sus cuñadas. "Constantemente la amenazaban con quitarle a sus
hijos si no confesaba dónde estaba mi padre e incluso la intentaron obligar
a que firmara que él había muerto por enfermedad cuando ni tan siquiera
sabíamos que había pasado". Las heridas no se han cerrado El miedo a la represión que sintieron durante años las mujeres
de Vicente Sánchez se mantiene vivo a día de hoy en las pocas mujeres
represaliadas que quedan vivas y de hecho, será uno de los motivos, junto
con la falta de pruebas documentales, por los que las ayudas económicas con
las que la Junta de Andalucía pretende resarcir sus daños quedarán "en papel
mojado", tal y como asegura el coordinador del grupo de Memoria Histórica de
CGT-A, Cecilio Gordillo. "No quieren ni dinero ni ayudas. El decreto es algo
necesario pero quedará como símbólico". La propia presidenta del Foro Ciudadano por la Memoria Histórica
de Córdoba, María del Mar Téllez, asegura que muchas de las pocas mujeres
que aún viven siguen sintiendo vergüenza, "no quieren admitir lo que
sufrieron ni revelar sus nombres". Una de ellas estuvo sentada frente al
historiador Arcángel Bedmar en Montilla cuando éste recopilaba información
para uno de sus libros. "Su familia me contó que le raparon la cabeza con
sólo catorce años, algo que no era habitual. Ahora tiene unos ochenta y pese
al tiempo que ha pasado, ni quiere revelar su nombre ni contar su
experiencia". Además, junto a todas las víctimas que vivieron de cerca las
agresiones, hay centenares de mujeres que, tal y como denuncia el Foro por
la Memoria de Andalucía, "sufrieron el hambre y la miseria, que tuvieron que
levantar a sus familias después de que asesinaran a sus maridos o sus hijos,
y sufrieron el desprecio y la humillación de las autoridades y allegados al
régimen franquista". Y para éstas, como denuncia la responsable del Foro por
la Memoria Histórica en Córdoba, Isabel Amil, no hay nada. Si bien, no hay mejor ejemplo de la herida de por vida que el
franquismo dejó en las mujeres que la que encontró Juliana al visitar a su
tía Isabel justo unas semanas antes de que muriera. Enferma de alzheimer y
con cerca de noventa años, apenas logró reconocer a su sobrina. Si bien,
bastó que ésta le tarareara La Internacional anarquista para que la anciana
la silenciara mientras le decía "calla, calla, que si te oyen me quitan mis
niños". Luz a la verdad y justicia El auténtico y real resarcimiento al terror y a los daños que
hubieran querido todas las mujeres represaliadas, y que exigen sus propios
familiares, es que las cientos de historias que sufrieron no caiga en el
olvido. Juliana sólo reclama "justicia, ni dinero ni ayudas. Lo importante
es que se sepa toda la verdad. Incluso deberían dejarnos contarlo en los
colegios tal y como ocurrió para evitar que nuestros hijos y nuestros nietos
vuelvan a repetir algo tan horrible". En la misma línea Bedmar insiste en que sería muy positivo que
las administraciones sigan fomentando las publicaciones y exposiciones del
tipo a la recientemente mostrada en Córdoba, Las presas de Franco, para
rescatar de la amnesia colectiva a las mujeres pues, fueron ellas quienes
sufrieron la barbarie fanquista incluso con mayor dureza que los hombres.
Además, sostiene, "es importante que se facilite a los historiadores el
acceso a las fuentes oficiales que tienen información sobre cómo ocurrieron
los hechos, como por ejemplo a los archivos militares de Sevilla". Araceli, Manuela e Isabel Sánchez han muerto, al igual que
centenares de mujeres represaliadas, sin que nadie les reparara su dolor ni
les recompensara por la barbarie franquista. Si bien, tal y como asegura su
sobrina, "los familiares seguiremos luchando para que la Historia los ponga
en el lugar que merecen". Las indemnizaciones de la Ley de Memoria tampoco las beneficia El avance que supuso para las víctimas del franquismo y sus
familiares el que la Ley de Memoria Histórica reconociera una indemnización
para los represaliados durante la época del franquismo, no tuvo en cuenta a
las mujeres que sufrieron una violencia incluso más dramática que la que
vivieron aquellos y aquellas que estuvieron en la cárcel pues, apenas una
minoría de ellas han tenido acceso a éstas. Tanto es así que de las 2.742 indemnizaciones concedidas a
represaliados en Andalucía, únicamente un cinco por ciento han sido
recibidas por mujeres, pese a que, como ya ha denunciado el Foro por la
Memoria Histórica en reiteradas ocasiones, son el colectivo con el que más
se ensañaron los falangistas en todas las provincias de la región. Ahora, este nuevo intento de la Junta de Andalucía por resarcir
los daños que el franquismo ocasionó a cientos de mujeres, vuelve a caer en
saco roto pues, tal y como ya han denunciado los distintos colectivos, pese
a suponer un avance, la gran mayoría de víctimas ha fallecido y las que aún
están vivas no podrán certificar los abusos.
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